Psicología Política y Comunicación

Nos hemos acostumbrado a que nuestro modo de vida tenga siempre alguna dosis variable de decadencia sociocultural y política. Se comercializa políticamente con una degeneración democrática que se toca con cierta locura colectiva vía radicalización-indiferencia.

Apoyémonos en Slavoj Žižek: En esta decadencia general a la que tendemos a acostumbramos (la degradación de los derechos, del medio ambiente o el hecho de que ya no puedan sorprendernos más los escándalos de corrupción), una parte profunda de nosotros desea que aquellas opciones políticas progresistas y de vanguardia que nos representan simbólicamente a muchos (ésas que han proclamado resistir ente decretos posmodernos sobre nuevas y obscenas sacralizaciones basadas en el mercado) no resulten ganadoras de la batalla electoral.

Sentimos miedo de que tengan que ser los nuestros quienes tomen las decisiones que pongan fin a la posible impresión sobre una nueva emancipación ad portas. Preferimos la virginidad del sueño, la promesa eterna de huir al llegar a la tierra prometida número N, a que ese sueño intente realizarse y, al final, sea terroríficamente distinto a lo que imaginábamos.

Porque, claro, existe alguna distancia entre lo que deseamos en profundidad y lo que imaginamos como realización de ese deseo.

Pero hemos caído en esta oscura ilusión atenazadora luego de un tortuoso proceso. Hubo algunos años, a distintos ritmos e intensidades, según el lugar de Europa que nos encontrara, donde el crecimiento económico era una realidad incontestable.

Fueron momentos de un pasajero apogeo de los grandes mitos del capital, entonces era posible tener (sin correr demasiado riesgo) a una clase política mediocre en el poder. Pero ocurrió, como tantas veces en el pasado, que los mitos del capitalismo sufrieron su cíclico resquebrajamiento.

De repente, grandes intelectuales comenzaron a protestar: el crecimiento no puede ser infinito, no existe una especie de “gran otro” (el mercado) capaz de gobernar todos los ámbitos de la vida social y, lo más grave, un individuo jamás podría alcanzar la plenitud vital a través del consumo sin freno (sin responsabilidad, sin consecuencias… sin remordimientos).

La cuestión alcanzó una dimensión crítica, proyectos institucionales que parecían irreversibles, como la Europa unida, comenzaron a ser cuestionados desde abajo. Hoy la crisis ha trascendido lo económico, para alcanzar los mismos fundamentos de la Unión y la comunidad de derechos. En estos años, cuando la generación nacida en democracias liberales y los Estados del bienestar se ha convertido en votante, Europa vuelve a preguntarse por la validez de sus conquistas históricas: la paz, la libertad y los derechos civiles, el progreso económico, etc.

Y no es que, sencillamente, nuestros hijos e hijas puedan salirnos votantes de opciones extremistas peligrosas para el modelo duramente construido durante la segunda mitad del XX… es que la base trabajadora, aquella que un día tuvo un papel histórico elevado, ha ido pasándose a la derecha, a los enemigos de Europa, a los discursos antiinmigración o se gira para volver a mirar con sospecha a los enemigos internos de siempre. 

TEMOR Y OLVIDO

En efecto, esa síntesis político-ideológica que caracterizó la imagen del Estado del bienestar (por ejemplo, entre liberalismo y marxismo) se quiebra durante esa estremecedora ola privatizadora neoliberal que acompañó al cambio de siglo. Entonces, el terrible vacío dejado por los grandes relatos emancipatorios comenzó a ser gradualmente ocupado por las derechas más extremas. Después todo, ya no existía el mundo bipolar, ya no pesaba el influjo simbólico de un mundo alternativo que, al menos, ejerciera un contrapeso a los desmanes del capitalismo.

Un proceso que llega hasta lo que vemos hoy: una especie de “Internacional de extrema derecha” que avanza por el mundo sin mayores obstáculos. Una de las consecuencias de todo es algún tipo de “olvido”: Por ejemplo, olvidamos que esta forma de vivir y crear riqueza y cultura no son las únicas posibles. Olvidamos el necesario carácter transitorio de los modos de producción (que nada en la sociedad tiene la condición de ahistórico).

Pero la amnesia colectiva, que ahora es parte casi fundante de la cultura política occidental, tampoco nos permite, en medio de la desesperación, reconocer los lugares donde nos equivocamos. Sí, sabemos que las fuerzas progresistas del mundo entero, y concretamente la izquierda democrática, perdieron la batalla cuando le fueron arrebatadas dos banderas: la del lenguaje y la de los valores.

Pero no somos capaces de acertar acerca del lugar exacto donde está la brecha en el casco sumergido de la nave, solo constatamos con estupor que hablar de Libertad, Igualdad y Fraternidad ya no es lo que solía ser. Ya no somos maestros de obras en la construcción del más importante de los edificios: el del relato.

A veces atinamos a sujetarnos de uno que otro salvavidas con la marca de lo políticamente correcto. Pero mientras las nuevas derechas hablan de argumentar su ideario "sin complejos" (en otras palabras, hablar de regresión democrática sin siquiera sonrojarse), a las fuerzas progresistas nos asusta hasta nuestra sombra. Le tememos a la confrontación ideológica, a la batalla dialéctica, al enfrentamiento plural entre símbolos... a todo. Y, quizás, a lo que más le tenemos miedo es a la lucha real por la victoria, a tener que hundir las naves durante la contienda del lenguaje en la calle.

ESTUDIAR LA CONDUCTA POLÍTICA

Si la política puede llegar a considerarse en algún momento (además de una función inherente al sujeto soberano) una especie de “oficio” reservado a personas de bien, no cabe duda de que ésta intenta ser secuestrada por la gritería de más baja estofa.

Vemos la mayor impunidad a la hora de despreciar aquellos factores que vienen a conformar el pensamiento liberal y progresista: desde la igualdad de derechos y la libertad cultural hasta los valores ilustrados y las teorizaciones marxianas clásicas.

Ahora despierta pasiones la violación de los valores progresistas occidentales, por parte del extremista, en las redes sociales o en los medios. Se dice cualquier cosa con tal de rentabilizar el temor y el odio por la imposibilidad del goce al que el propio mercado nos arrastra.

Ahora bien, tal vez no sea muy arriesgado afirmar que la política de nuestro tiempo se ha visto inevitablemente mezclada con esa tendencia sutil hacia la locura que ha cundido en nuestra manera de vivir.

Algunos ejemplos: a muchos y muchas nos parece increíble que a estas alturas se esté discutiendo sobre la necesidad de leyes contra la violencia de género. A otros nos sigue pareciendo asombroso que existan normativas que consideran a la caza un deporte o a los toros un bien cultural. A esos otros también nos escandaliza que dirigentes de partidos del establishment sigan refiriéndose a las fuerzas progresistas como “radicales de izquierda” mientras coquetean con auténticos radicales de derecha. Todavía más asombroso nos parece que existan Administraciones que nieguen el cambio climático. La lista que revela cierto problema difuso de cordura colectiva podría hacerse infinita.

Siendo así las cosas, tampoco cabe duda de que es necesario profundizar en el estudio o análisis de esa dimensión político-ideológica que tienen todos los actos humanos. Puede que así sepamos articular mensajes que actúen eficientemente cuando nos llegan discursos que proponen el reflejo trastornado como respuesta a un deseo implantado que no logramos satisfacer.

La inconformidad e incertidumbre causada por la dirección que parece seguir la Historia no necesariamente debe traducirse en una re-llamada a la respuesta básica que ruge desde lo profundo de nuestra subjetividad. La respuesta suelen ser las alternativas viables e imaginativas que saben estudiar críticamente al pasado, no las rupturas radicales.

Persiguiendo estos objetivos se ha puesto en marcha el Curso en Psicología Política y Comunicación: Construyendo el liderazgo de la próxima década de la Fundación UNED. Una formación con espíritu crítico que pretende una utilidad real para los interesados y estudiosos del “mensaje y el proyecto político” como medida de realidad y cordura, en medio de este tiroteo de mensajes breves en que se ha convertido la comunicación y el juego político.