Psicología Política y Comunicación

Su habilidad para articular un mensaje que, literalmente, reescribe la realidad cuenta con ciertos rasgos clave: la simpleza, la repetición, la agresividad y la explotación del temor colectivo.

Pero también están el olvido histórico, el desdén de los más jóvenes por el conocimiento, el machismo o el desprecio al diferente, entre otros. Este trabajo de ingeniería del relato y de la Historia tan propio de las derechas actuales no es, ni mucho menos, un cometido demasiado tecnificado o metódico.

Al contrario, se basa en la posibilidad cierta de que una pedrada en forma de discurso agresivo hallará eco entre quienes tienen dificultad para formarse una opinión propia con la cual interpretar los acontecimientos (con alguna dosis aceptable de soberanía); lo que recrea, probablemente, el estado psicológico más aterrador al que puede arribar el “animal político” que todos llevamos dentro.

Pero lo anterior también requiere asociarse con otra estrategia de comunicación política: la campaña de descrédito contra las opiniones basadas en datos, un hilo que pretende conectar ignorancia y zafiedad con libertad de opinión (tenemos un caso claro en los negacionistas  del cambio climático). Cuando todos esos elementos se combinan vemos el conocido flujo de votos a posiciones extremistas.

Y es que las derechas han comprendido algo que resulta perturbador: no necesitan tener la razón de su parte. Basta con estructurar un discurso que, sencillamente, reordena la cronología e interpretación de los hechos. A la vez que los resume, es decir, los simplifica en la coyuntura más absoluta (aquella que puede prescindir del conocimiento sobre su propio pasado para ser).

Este girar oportunista de los argumentos hace que las opiniones basadas en datos no sólo parezcan ininteligibles, sino sospechosas.

Observando estos fenómenos más de cerca, vemos otras estrategias ya conocidas. Por ejemplo, la forma como la derecha y los medios que le son afines en distintos momentos (que son sorprendentemente numerosos) logran apartar la atención del público mediante toda clase de elementos distractores.

Para cuando la “verdad” aparente sobre un grupo de hechos finalmente sale a la luz, la opinión pública ya está atrapada por otra trama todavía joven, lo que quiere decir temporalmente enrevesada. Y, naturalmente, cosas como la crisis en Venezuela, la división de la izquierda, etc. son perfectas para restar atención sobre otras cuestiones de trascendental importancia, como los procesos judiciales por corrupción, el estado del mercado laboral, etc.

Pero, en realidad, nada de esto funcionaría sin la enorme capacidad de algunos para tergiversar y dar la vuelta a los acontecimientos. Es así como, la ciudadanía termina siendo arrastrada a versiones falsas sobre la criminalidad de los extranjeros o la conveniencia de contar con una ley contra la violencia de género, entre otros muchos ejemplos.

Es decir, la discusión sobre los asuntos importantes de cada sociedad puede ser habilidosamente reformulada, mediante la continua repetición de mensajes simples, con objeto de confundir una posición reaccionaria con alguna clase de lucha por la libertad, la igualdad o la identidad.

En otras palabras, la confrontación entre posturas conservadoras y progresistas es algo que también se libra en términos de argumentos pensados y expuestos unas cuantas veces frente a mensajes breves repetidos cientos o miles de veces en los medios y redes sociales.

El relato de la derecha no sólo puede prescindir de la razón o la verdad mostrada por los hechos, tampoco necesita (de hecho, le perjudicaría) un lenguaje demasiado complejo. Su fuerte en comunicación política parte del mensaje corto y simple.

A esto sumaremos otro comportamiento: el señalamiento acusador al contrario, basándose en una generalización obtusa a partir de sus cuadros más radicales. Esta, sin embargo, no es una apreciación totalmente extendida entre la izquierda, donde es fácil encontrar diferenciaciones entre PP, Ciudadanos y Vox, por ejemplo (aunque puedan asociarse y compartir muchos intereses).

En resumen, mensajes agresivos, cortos y sencillos que confunden gracias a la velocidad con la que se propagan. Entre más virales mejor, piensan muchos expertos en comunicación política. Y teniendo preparada una estrategia tanto de distracción como de reformulación del debate, para ser usada en el momento preciso. Sin olvidar, naturalmente, la imagen que será usada para simbolizar a un enemigo que resulta sospechosamente múltiple y cambiante.

El relato político de la derecha usa claves psicológicas que, en verdad, no oponen demasiada dificultad a su estudio. Tal vez de ahí su evidente éxito.

Por supuesto, este análisis hace parte de los contenidos abordados por el Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED.