Democracias profanada

Convertida en nada más que un antifaz nocturno por la cultura corporativa, los poderes comunicacionales y las maquinarias políticas (que intentan pasar por nuevo lo viejo).

Hay una cuestión que está en el centro de la relación entre el Psicoanálisis y la política: la conquista de unas dosis suficientes de autonomía o soberanía en el sujeto para que éste lleve a cabo una auténtica acción política (a pesar del propio hecho de la pulsión), incluso sin pertenecer a estructuras partidistas (este es una debate vivo, por ejemplo, en la Asociación Mundial de Psicoanálisis).

Recordemos que el Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED apoya parte de sus contenidos en esta corriente fundada por el gran Sigmund Freud.

El Psicoanálisis, en efecto, puede ofrecer una lectura de mucha profundidad para estudiar y entender a ese individuo que se observa devorado por relatos conservadores omnipresentes que están siempre reinterpretando la realidad. En este sentido, democracia, Estado derecho o pluralidad son cuestiones que, al degradarse, reescriben el nexo ciudadano-sociedad.

Una parte importante de la conducta en nuestros modelos culturales está fuertemente influenciada por la idea que tenemos, por ejemplo, de felicidad. Y la imagen de felicidad es un constructo psicológico generado por el capitalismo, su ilusoria persecución ayuda a determinar, a su vez, la conducta política.

Sencillamente porque esa felicidad es reflexionada superficialmente según la satisfacción de una demanda. Toda la estrategia comunicacional propia del capital exhorta al sujeto a una serie de acciones que buscarían la persecución de un deseo, que puede estar dibujado en términos de felicidad y que, por supuesto, es implantado por los dispositivos del mercado.

Pero cuando la persecución del deseo comienza a presentar sus fallos (algo, como sabemos, inevitable), luego de distintos procesos y casi simultáneamente, vemos el síntoma. Esos relatos hegemónicos que reinterpretan la realidad según X intereses generan una postura política en el individuo en forma de síntoma. El Psicoanálisis pretendería, en este escenario, desvelar los orígenes de ese goce estructurado desde el exterior.

EL INCONSCIENTE ES LA POLÍTICA, DR. LACAN

Como desprenderíamos desde Freud, todo lo considerable como dimensión psicológica tiene un aspecto individual y otro social (“la psicología individual es simultáneamente psicología social”, Psicología de las masas y análisis del yo, 1921). Así como hay una articulación entre lo social y lo individual, existe una armazón entre la política y el inconsciente.

El Dr. Lacan argumentaría años después: El inconsciente es la política.

Es decir, el complejo de la subjetividad gobierna la conducta política. Ese enigmático comportamiento de la masa altamente sensible al mensaje viral y breve, al enorme peso de los poderes comunicacionales, etc. codifica una dialéctica totalmente originada en el inconsciente (y fragmentada entre todas las células que la componen).

Es debido a este hecho que el Psicoanálisis tiene algo que decir en relación a las taras y malestares existentes a escala social y cultural. Por encima de consideraciones centrales de esta disciplina sobre la naturaleza humana (como el reino de la pulsión), que ponen en entredicho la “fe” en una posible subjetividad totalmente soberana, sigue manifestando una preocupación por la pérdida de calidad de nuestras instituciones democráticas; porque entiende que afectan al vínculo y el nexo social.

Es decir, cosas como la corrupción, la pérdida de derechos o el poder corporativo que prostituye el proyecto democrático son fenómenos que enferman al individuo de nuestras sociedades.

En suma, la tormenta neoliberal en toda su expresión, esa que otorga un grandísimo poder sobre nuestras vidas a estructuras que no han sido elegidas en las urnas, ha logrado una suerte de sometimiento voluntario a relatos hegemónicos que, al analizarlos de cerca, resultan ser sanguinarios y dañinos para la estabilidad psicológica.

Precisamente, una de las formas como se ha conseguido ese sometimiento es mediante la compra masiva de la mercancía en bruto a la que venimos a llamar felicidad, como persecución, a veces no tan mansa, de un deseo irrealizable.

La felicidad como satisfacción de una demanda (capitalista) se compra con una serie de accesorios o plus: por ejemplo, la furia por no conseguirla, ésta tiene una utilidad valiosísima para el poder comunicacional propio del capitalismo: puede ser redirigida, admite la implantación artificial de una imagen a la que identificar como causa imaginaria del malestar. Las derechas llevan haciendo uso de este recurso mucho tiempo.

MILITANTES DEL NARCISISMO

Esto también engrana con otra extravagante característica de los tiempos actuales: el Yo, la instancia que ejerce una cierta coherencia narrativa entre las tiranteces de Ello y Superyó, ha depurado la condición de mercancía del sujeto (algo originalmente advertido por el pensamiento marxiano).

El narcisismo se ha convertido en un asunto militante, pero bajo la lógica de la auto-explotación capitalista (la realización del sujeto como venta auto-explotadora de sí mismo). Vemos un gran desarrollo de estos rasgos en aquellas tecnologías de la realización, la marca personal, etc.

La cuestión asociada a lo anterior es más bien simple: el vínculo social se desdibuja al mismo tiempo que un universo de insatisfacciones colman la cotidianidad. El otro frente a mí vive un extraño viaje desde la entidad que observa y legitima a mi propio Yo hasta la condición de antagonista durante la búsqueda del éxito o la felicidad inalcanzable. Esta es la esencia del Individualismo en el capitalismo.

En lo anterior estamos describiendo fenómenos que, sin duda, son contribuyentes de una posición política en el sujeto, que intenta validarse como “normal” bajo el paraguas de la democracia neoliberal.

En toda esta lógica vemos una parte importante de la explicación sobre el ascenso de la extrema derecha. Ésta viene a modelizar el síntoma recreado en el sujeto que sufre el descalabro de la democracia bajo las formulaciones neoliberales.

Y, en efecto, se subraya la implicación de campos como el Psicoanálisis lacaniano en la defensa de la pluralidad democrática como contramedida al sometimiento y eclipsamiento del ciudadano que vive en busca de su propia expresión y libertad: prácticamente podríamos considerarlo un asunto de salud pública.