La realidad es algo maleable en términos psicológicos, en parte, gracias al lenguaje…

La realidad es algo maleable en términos psicológicos, en parte, gracias al lenguaje…

Ciertos enfoques conectan las competencias comunicativas con la enseñanza de la lingüística, éstas también podrían considerarse como la participación, mediante la palabra y otras “formas”, en la arquitectura que da origen a la propia realidad. Esto pone la cuestión en el terreno de la pedagogía del lenguaje.

La amplísima, y de moda, temática de las competencias comunicativas adquiere un peso mayor durante los últimos años, en parte, por la multiplicación de las formas de acceso a la información. La cultura de masas ahora nada en el exceso de información y la continua creación de nuevas propuestas expresivas, culturales, etc.

Internet, el sistema nervioso de las nuevas maquinarias humano-tecnológicas, lo ha cambiado todo respecto a la manera de comunicarse. Por supuesto, las competencias comunicativas se pueden traducir como un sistema de habilidades demandadas desde la cultura corporativa, pero, igualmente, desde los procesos políticos; en concreto el modelo formado por hablar, escuchar, leer, escribir y comprender.

En términos de Psicología Política las necesidades son claras: una comunicación equitativa, la coexistencia entre distintas sensibilidades (de lo que depende la viabilidad del proyecto democrático) y la edificación de marcos críticos para la lectura de la realidad (Freire). El cómo y porqué de la comunicación tiene unos efectos culturales y subjetivos. No olvidemos que el lenguaje es uno de los arquitectos de la realidad y objeto del poder.

Un determinado lenguaje puede objetivar conductas con implicación política, entre ellas, la violencia, la discriminación o la manipulación histórica. Para una Psicología Política, entendida como campo generador de un saber susceptible de transformar la realidad, aquello denominado como competencias comunicativas implica una “ética del aprendizaje”; esto es, un entrenamiento alrededor de una posible conducta orientada a la profundización del conocimiento del otro/a.

La “ética de la comunicación” está relacionada, pues, con la calidad de la democracia: lo que, a su vez, está involucrado con la aceptación y simbolización de la diversidad: cultural, lingüística, ideológica, etc.

Psicología Política: Competencias Comunicativas

Para mayor claridad, un adecuado entrenamiento (es decir, aprendizaje en competencias comunicativas) permite una postura de crítica en condiciones de tolerancia y equidad. Estos rasgos permiten al individuo psicológico defenderse de aquellos modelos discursivos y otras simbolizaciones basadas en la brevedad y el golpe de efecto que le bombardean continuamente con diversas cargas ideológicas: las ritualizaciones del poder, las fortalezas del prejuicio, el totalitarismo del mercado, la seducción publicitaria o el relato del poder fundado sobre lecturas falsas o parciales de la Historia.

Lo anterior tiene otra consecuencia también clara: hablamos de habilidades y competencias comunicativas relacionadas con el problema de la emancipación.

La comunicación humana está estructurada en una serie de interfaces, donde los dos sujetos que están comunicándose, por ejemplo, no tienen realmente un acceso directo el uno al otro. Toda la acción comunicativa está, al igual que mi relación con el resto de la realidad, mediada por distintos subsistemas simbólicos.

Un determinado modelo de comunicación puede influir en la capacidad de discernimiento de un individuo. Esto se logra mediante una estructuración del lenguaje que muestra sólo una cara o un determinado aspecto sobre un problema o una cadena de hechos. Todos los recursos comunicativos que intentan influir en la opinión y la dirección de los procesos políticos comparten ciertos rasgos básicos, como la repetición.

EL PODER DE COMUNICAR

Un rasgo largamente analizado por diversos autores es el llamado “pensamiento único”, capaz de penetrar con dureza en el propio discurso medio presente en la política, la academia, la cultura y, en general, el tejido asociativo. En efecto, el “pensamiento único” es un elemento determinante del llamado relato político hegemónico y todas sus modelizaciones, que se irradia mediante la repetición en los medios y el mundo digital.

Los hechos que, día a día, van moldeando a los sistemas sociales son como elefantes en medio de nuestro salón de casa, tan grande y masivo que se convierte en “invisible”.  Tan sólo sabemos que el espacio tiempo simbólico se ve curvado por fuerzas que no logramos diferenciar con claridad. El rol jugado por la comunicación en los procesos políticos evidencia, en ocasiones, la acción de esas fuerzas. Debe tenerse presente que los grandes hechos que tendemos a interpretar políticamente llegan a nosotros de forma indirecta, a través de los medios; es decir, nos llegan interpretados.

Esa interpretación no suele ser cerrada, en realidad baila entre dos extremos: la versión oficial y la nube de re-interpretaciones que hay entre la teoría de la conspiración y la postura de incredulidad. Sin embargo, hay algo que casi siempre permanecerá oculto: el elefante, la visión geométrica de causalidad. ¿Cuál es el auténtico problema? Sencillo: que cuando perdemos de vista la cadena de la causalidad donde están los hechos y las propias acciones de cada uno tendemos a volvernos básicamente irresponsables. Lo que, a su vez, tiene otra grave consecuencia: podemos legitimar consumos materiales e inmateriales con un impacto humano, cultural o ambiental que desbordará nuestra capacidad de respuesta.

Los hechos simplemente se presentan, con frecuencia la masa parecerá protagonizarlos. Pero lo que habrá ocurrido será aquello ya interpretado, mostrado en los grandes medios. No olvidemos lo siguiente: el poder comunicacional está asociado a lo económico como cuerpo doctrinal y al mercado como su gran modelización, brazo armado en palabras de Rosa María Calaf.  El gran artefacto de dominación político-ideológica de nuestro tiempo ya no es exclusivamente la violencia directa, ahora entra en juego la imagen que la praxis comunicativa genera en el ciudadano. En otras muchas ocasiones lo político y la acción política aparecerán como plegadas a todas aquellas tecnologías del lenguaje breve, reductor, potente y en red que nos llega con los hechos ya dados.

El fin último del poder comunicacional, en tanto traedor de hechos ya interpretados, es reproducir una imagen sobre cómo es el poder y su relación con la sustantividad. Recodemos que el poder consiste en gobernar el lenguaje. En síntesis, hoy no es posible hablar de política sin referirse a la manera y los canales por donde nos contamos unos a otros esa manera “política” de estar en el mundo.

El objeto de la comunicación política es concatenar las intencionalidades de los que escuchan; en unas ocasiones será para servir al interés general y en otras para fortalecer las relaciones de poder que se codifican en el poder comunicacional. Y, cómo no, en el poder comunicacional debe incluirse no sólo al espacio informativo en sí. Es también de enorme importancia lo que hace años denominamos como telebasura, por su carácter ideologizante y su influencia en el consumo, por lo tanto, en las imágenes de sociedad que legitimamos.

Por supuesto, estas interesantes cuestiones son estudiadas en el Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED.

La matrícula para su segunda edición está abierta.

Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED