Los contenidos de la Psicología Política

Si hiciéramos una esquematización general sobre algunos de los intereses “clásicos” u ópticas tomadas como propias por la Psicología Política tendríamos que hacer las siguientes puntualizaciones:

1-Existe una inclinación clara hacia el estudio del sujeto como actor político (el ser que está en el mundo políticamente): sus determinantes, donde existen vinculaciones y dependencias entre personalidad y política. Algunos de esos “vínculos” se manifiestan como socialización, ideología, alienación, reacción ante los medios, comportamiento electoral, diversos tipos de violencia, etc.

2-Las organizaciones políticas: cuando el actor político resulta ser una suma socio-matemática, una colectividad. Cuyo “cuadro de personalidad común” resulta ser un sistema formado por la subjetividad de sus miembros. Este objeto abarca la típica organización civil o ciudadana que establece una plataforma empleada para conseguir unos fines. No puede olvidarse que la estructura psicológica reacciona a los estímulos o a la presión de forma muy distinta si estamos ante un individuo o ante una colectividad.

3-La dialéctica del líder político: aquel que puede, en efecto, liderar el relato. Aquí se centran estudios o investigaciones sobre los rasgos de personalidad de individuos que han ostentado un peso importante en procesos políticos, influenciándolos de manera profunda. Estas indagaciones parten de una base con distinto nivel de aceptación: unas diferencias en la estructura de la personalidad que hicieron sobresalir a esos sujetos.

4-Los procesos dados entre grupos políticos distintos: naturalmente, existe una interacción entre agrupaciones políticas que codifica procesos de índole psicológica. Esto es especialmente cierto en situaciones de tensión o límite, como en los conflictos armados. La noción, por ejemplo, de guerra psicológica desatada contra un adversario puede apoyarse en la explotación de los temores que éste reproduce colectivamente. Por supuesto, el estudio de las relaciones entre grupos políticos tiene uno de sus fuertes más interesantes en el choque de cargas simbólicas distintas, cuando dos relatos sobre la realidad se miden en una partida dialéctica por la conquista del reconocimiento.

5-El proceso político en sí: el comportamiento de una estructuración política tabula una serie de factores que tiene que ver con la percepción y la cognición de sus partes integrantes. La dirección o la “sustancia” de ese comportamiento es una mezcla entre desarrollos y simbolizaciones internas e implantaciones ideológicas vía cultural.

De la relación anterior podemos inferir o simplificar el interés de la Psicología Política por los estudios que tienen que ver, por ejemplo, con las elecciones o la conducta ante las urnas.

Saber si la decisión que toma el votante tiene que ver con la “utilidad subjetiva” del voto, con sentidos de pertenencia o si reacciona invariablemente a estímulos inmediatistas (que suelen tener poca reflexión) se convierte en una información de gran valor para las maquinarias de los partidos.

En 1981, por citar un ejemplo relevante, se realizó un estudio en el Reino Unido sobre el comportamiento electoral entre 1959 y 1974 (Himmelweit, Humphreys, Jaeger y Katz). Los autores usaron un modelo adaptado a partir de la teoría de la utilidad de atributos múltiples (Winterfeld y Fischer, 1975 y Humphreys, 1977).

El estudio enfrentó dos tesis: la dirección del voto estaba influenciada por las decisiones anteriores (predicciones exitosas en un 67% de la muestra) contra la tesis según la cual el voto se decidía en base a una expectativa de utilidad subjetiva (predicciones en un 80% de la muestra). De estas cifras se concluyó que los votantes británicos de ese momento mantenían una estructuración ideológica que perdura en el tiempo, y decidían su voto en base a un cálculo subjetivo sobre la posibilidad de realización del proyecto. Fueron momentos donde se discutió con fuerza acerca del posible fin del contenido ideológico real del votante. 

PSICOLOGÍA POLÍTICA COMO CIENCIA

Al psicólogo  francés Gustave Le Ron se le identifica como uno de los orígenes de la Psicología Política, desde sus estudios de 1911. Su preocupación era la acción (el cómo, cuándo, etc.). Desde sus primeros pasos, la Psicología Política se entiende como una ciencia útil al poder y al Gobierno, no necesariamente bajo el paraguas de la Psiquiatría, el Derecho o la Sociología. Aunque tampoco depositaria de paradigmas, terrenos o conceptualizaciones totalmente comunes, es un campo de estudio disperso.

Es igualmente cierto que la Psicología Política tiene los mismos problemas sobre la unificación de criterios metodológicos que caracterizan a gran parte de las ciencias sociales. Hablamos de un campo, sin duda, lleno de pluralidad metodológica (Hermann, 1986). Es decir, tal vez aún no podemos hablar de una disciplina científica con total y completa independencia, aunque su riqueza permita pensar en objetivos de largo alcance.

Por supuesto, desde hace años existen sociedades científicas fundadas alrededor de este campo. Así como cátedras, programas universitarios avanzados que llevan su nombre y publicaciones especializadas.

Si tuviéramos que definir con claridad una característica de la Psicología Política, sería su amplitud y generosidad temática: prácticamente cualquier cosa que tenga que ver con las dinámicas propias de las colectividades humanas puede entrar en su órbita de interés, no sólo la clásica impresión sobre el estudio del comportamiento en época electoral, la ideología o el impacto de los poderes comunicacionales.

Las razones de lo anterior están más o menos claras: en primer lugar, no hay ninguna problemática social que no incluya e involucre fenómenos de orden psicológico (unas veces por factores ideológicos, otras por razones de impacto, etc.).

En segundo lugar, está ya aceptado que existe una tremendamente activa dialéctica entre fenómenos políticos y fenómenos psicológicos (y los acontecimientos dados en la relación entre humanos tienen una traducción y situación política).

En tercer lugar, observamos que aquello susceptible de ser considerado como sociopolítico (la conducta, por ejemplo) es también histórico.

En cuarto lugar, el interés despertado por la cuestión del relato individual y colectivo.

En resumen, al estar (todos nosotros/as) en la realidad “políticamente”, la diversidad de aspectos de la vida social donde cabe un análisis desde la Psicología Política resulta gigantesca.

Con todo, Montero y Dorna, hace tiempo consideraron algunas áreas temáticas propias del campo del conocimiento que aquí nos reúne:

  • Individuo y proceso político: la lógica de los liderazgos, la personalidad y su influencia en la política.
  • Lo ocurrido entre pensamiento, acción y realidad. Por ejemplo, las representaciones, la ideológica, los grupos de referencia o los procesos cognoscitivos de influencia social.
  • El poder de persuasión de los medios.
  • Los aspectos psicológicos presentes en la negociación y el conflicto.
  • La relación entre conciencia social, identidad y modelo social. Por ejemplo, las dinámicas étnicas o las dadas alrededor del nacionalismo.
  • Todo lo relacionado con la alienación y la ideología.

Estas áreas de trabajo, que quieren expresar dosis de autonomía para la Psicología Política como campo, naturalmente admiten (de hecho, requieren) la alianza de varias escuelas y enfoques. La propuesta de este Curso en Psicología Política y Comunicación, por ejemplo, tiene parte de su apoyo en el pensamiento marxiano y el Psicoanálisis.

Existe un área, claramente relacionada con los ejes anteriores, que se ha considerado casi “natural” de la P Política: el análisis de discurso, en parte concebido como un enfoque de la escuela psicológica francesa (muy influenciada por las “corrientes lingüistas”). Este punto de interés se redirige al problema de la argumentación del sujeto de la política activa, su relación con el liderazgo del relato (y, por consiguiente, con el poder).

Para el mantenimiento del poder se hace necesaria una determinada forma de producir el discurso. En otras palabras, la maquinaria del poder (sus dispositivos de administración) se reproducen como tal gracias a una ingeniería aplicada: aquella que usa al Orden Simbólico para codificar una interpretación de la realidad donde ese determinado ejercicio del poder está justificado y reclama la legitimización de los “administrados”.

Téngase en cuenta que ese discurso emitido por el poder (de hecho, el poder consiste en ejercer un Gobierno sobre el lenguaje) se objetiva de muy diversas formas: por ejemplo, lo jurídico-político y toda la ritualidad que le ha acompañado desde tiempos inmemoriales.