Política y Psicología

Deberíamos partir de un hecho sobradamente conocido: las ciencias ya no son un sistema creador de conocimiento adornado por algún tipo de pureza redentora. No hay labor científica actual que no tenga una relación e implicación política, esto es tan cierto como el hecho de que no existe una Física o una Biología libre de implicaciones filosóficas. La Psicología no es ajena a estas certezas, de ahí que hace años experimentemos el devaneo de un debate sobre la ética de trabajo psicológica o si está comprometida con un sujeto potencialmente enfermado por nuestra forma de crear riqueza y cultura.  

Nombremos uno de los grandes dilemas de este debate: el trabajo terapéutico se ha, digamos, industrializado - virtualizado. Es decir, la proliferación de “tecnologías” dedicadas al estado anímico del sujeto, con objeto de adaptarle al modo de vida de la crisis permanente, la posverdad, el fin de los grandes relatos, la incertidumbre política y ambiental, etc. nos ha acercado a un estadio nuevo de lo que un día llamamos ideología, falsa conciencia y alienación.

La sofisticación adquirida por los dispositivos que impiden al sujeto una toma de contacto clara con la realidad es estremecedora.

En estas proporciones, probablemente no hay una ciencia tan directamente involucrada en el impacto – sujeto y colectividad como la Psicología (además, por supuesto, de la Sociología, las ciencias políticas, etc.). Estamos, en efecto, ante cierto auge de lo que algunos autores denominaron como el pretendido fin del sujeto psicológico.

La textura última de esa materialidad experimentada por el hombre/mujer entendido como “normal” se hace cada vez más lisa, más simple, más desprovista de reflexiones axiológicas. Sí, hay pocas ciencias con tanta responsabilidad política en el estado actual de la sociedad como la Psicología.

Una responsabilidad que viaja de lo mental hasta su traducción en la claudicación civil y política que vemos en gran parte de las masas, víctimas de ese descrédito que se apodera de las instituciones. Es como si, efectivamente, la “estabilidad inestable” pasara por la nombrada claudicación indiferente, que implica el olvido y el desprecio sutil por la Historia. Sólo en tiempos muy recientes vemos cierto despertar en la lucha de las mujeres, algunos jóvenes y en las incombustibles comunidades negras e indígenas del sur del mundo.

Existe una ciencia psicológica fuerte, con amplia presencia en los relatos hegemónicos, donde cabe de todo: un cazador con gusto por la muerte a sangre fría y la tortura de animales hace pasar su desviación por deporte o valor cultural, por ejemplo.

En otra punta del tablero vemos la extensión de un individualismo que raya en lo patológico, donde las “tecnologías” de la autoexploración y la mejora personal han radicalizado la condición de mercancía autoconsciente que ya Marx advirtió. Pero es que en otra esquina nos topamos con los que han elevado el miedo psicológico a una especie de filtro a través del cual leen la realidad, los que no se comprometen.

LA ABOLICIÓN DEL SUJETO PSICOLÓGICO

¿Qué proponen los que piensan que pueden ir por la tierra disparando y tomando lo que les place? ¿Qué proponen los militantes de la ansiedad, el sectarismo y el narcicismo en tiempos de cultura y locura corporativa? ¿Qué buscan los que, con pensada habilidad, no se comprometen con nada y le temen hasta a su sombra?

Señores y señoras, proponen la abolición del sujeto psicológico. Proponen la desublimación del Ello y la supresión del Yo descrito clásicamente por el Psicoanálisis, aquél que realiza un esfuerzo de coherencia narrativa en el sujeto.

La pretensión, ahora totalmente pos-neoliberal, de convertir al Ello en el Yo es una cuestión ya conocida por las ciencias sociales: el paso de la sublimación represiva, en términos del aparato psíquico y la psiquis social, a la desublimación represiva, propia del ascenso de los fascismos, pero hecha pura sofisticación en la sociedad de consumo reciente, acompaña el aplastamiento del individuo soberano por parte de lo masivo–social (recodemos en esto a Adorno).

La desublimación represiva puede prescindir del Yo autónomo (donde vive el esfuerzo mediador y reflexivo que nos convierte en sujetos civilizados), encarcelándolo en el inconsciente, es decir, automatizándolo (recordemos en esto a Marcuse).

El comportamiento propio del Ello (regresivo, compulsivo y automático) no nos libera del orden social y sus restricciones. Porque la represión social y cultural ya gobierna en el reino de las pulsiones.

La desublimación represiva - Curso en Psicología Política y Comunicación

Donde creemos ver la sádica risa infantil del Ello no hay otra cosa que el Superyó como conjunto de mandatos de goce. Recordemos en esto a Žižek: La situación tradicional del sujeto burgués liberal, que reprime sus impulsos inconscientes por medio de la “Ley” interna cambia: dominarse a sí mismo ya no se lleva, ahora sólo escucha un grito apagado: ¡Goza! (Porque no saben lo que hacen, 2016)

La prescripción es el adormecimiento sin memoria en un placer imposible. Y, claro, nos encontramos, a cuenta, por ejemplo, de nuestro Curso en Psicología Política y Comunicación, en la orilla opuesta: la Psicología Política debe velar por la memoria, la paradoja no podía ser más cruel.

En efecto, la realidad social y cultural es terca: la abolición del sujeto psicológico está conectada con una vieja aspiración del capitalismo en sus facetas más radicales: la abolición de la propia política (Fraguas, 2018) 

¿Es que hay una idea más radicalmente capitalista que esa hostilidad contra la propia institucionalidad liberal y social demócrata del líder extremista que quiere abolir a la propia política? Es cuando las masas, el pueblo, es arrastrado por el relato a un estado donde el Ello canta una juguetona nana cuyo candor pide sangre para lograr su obsceno divertimento. Como afirmara Álvaro Mutis, es la reducción de la triada Libertad-Igualdad-Fraternidad a una superstición más de nuestro tiempo.

En resumen, y esto es muy importante, la Psicología (política) debe recordarse a sí misma una cierta fidelidad al espíritu de la dialéctica; porque, dentro de sus amplísimas fronteras todavía puede vivirse en una tradición iluminista. Revertir la ruptura que convirtió al liberalismo en traición y al marxismo en novela sobre un futuro distópico. Renovar el respeto y amor a la civilización que produjo la República, el imperio de la Ley, la democracia y la pluralidad.

PSICOLOGÍA POLÍTICA Y RECUERDO

Una reflexión añadida a esto último: hemos de recordar la importancia que la Psicología Política adjudica al recuerdo.

Sobre este terror que acompaña nuestros pasos, el olvido, nos permitimos rememorar algo dicho durante un acto en homenaje a Don Enrique Tierno Galván, al que tuve el placer de asistir a comienzos del 2018. Fue en la brillante intervención de Antonio Rovira Viñas, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid, a propósito del preámbulo de la Constitución Española, escrito por Don Enrique.

La última votación del proceso constituyente del 78 fue, precisamente, el Preámbulo. Un apasionante debate entre Nación y plurinacionalidad, entre soberanía nacional y soberanía popular. Y sobre en quién descansaba la soberanía: el pueblo o la Nación.

El texto de Don Enrique comenzaba:

«El pueblo español, después de un largo período sin régimen constitucional, de negación de las libertades públicas y de desconocimiento de los derechos de las nacionalidades y regiones que configuran la unidad de España, proclama, en uso de su soberanía, la voluntad de:

—Garantizar la convivencia democrática, dentro de la Constitución y de las leyes, conforme a un orden económico justo.
—Consolidar un Estado de Derecho que asegure la independencia y relaciones entre los poderes del Estado.
—Proteger a todos los ciudadanos y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, de sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones. Etc.

Por consiguiente, los representantes del pueblo español, ateniéndose al principio de la reconciliación nacional, reunidos en Cortes, aprueban la siguiente Constitución»

El debate en Comisión, con algo de batalla dialéctica, fue entre el ilustrado Enrique Tierno y aquel representante patético del pasado, simbolizado en ese momento en Fraga, que abogaba por dejar en paz a la Historia; porque la Historia (en tanto Gran Otro) está por encima y tiene el poder de exculpar y expiar las faltas.  Pero para eso hace falta olvidarlo todo, hace falta la desublimación represiva. Cuando el Ello se convierte en el nuevo Yo pos-neoliberal en el apogeo de la alienación capitalista digital no hace falta recordar el pasado.

Como si la impresión de libertad hiciera necesario el olvido, por lo tanto, la incapacidad de hacer justicia y discernir lo que ya una vez causó dolor y muerte. Don Enrique respondió a esta postura de alianza entre la naftalina y las nuevas derechas, en la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas, del 20 de junio del 78, con lo siguiente:

«Individualmente, somos bastantes los españoles —por lo menos en mi caso— que teniendo buena memoria, hemos olvidado casi todo (...) Hay un gran sector del pueblo español que no se puede olvidar: el de los que han padecido, y lo menos que merecen es que se haga una referencia a ese pasado, pues gracias a su padecimiento estamos venciendo ahora.»

Por supuesto, algunas de estas cuestiones son objeto de estudio en el Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED: toda la información en PDF aquí.

Vladimir Carrillo Rozo - Docente en este Curso en Psicología Política y Comunicación