Psicología Política y Comunicación - F UNED

En junio se cumplen 119 años del nacimiento del director de cine italiano Clyde Geronimi. Alcanzaría un lugar en la Historia de la cultura universal, sobre todo, por su trabajo para los estudios Disney, donde sería director de clásicos como La Cenicienta (1950), Alicia en el país de las maravillas (1951), Peter Pan (1953), La bella durmiente (1959), La dama y el vagabundo (1955) y 101 dálmatas (1961).

Vladimir Carrillo Rozo

Pero antes de esas grandes películas ganaría el Óscar al mejor corto animado en 1942 por Lend a Paw (Salvamento gatuno), remake a color de Mickey's Pal Pluto (1933);  se trata de una enigmática historia llena de mensajes psicológicos y claves simbólicas, donde el curioso e inteligente perro Pluto se encuentra en medio de un precioso paraje nevado que de pronto es roto por el rastro de una anónima crueldad.

Una aterrada cría de gato dentro de un saco cerrado con una cuerda está a punto de ahogarse en un río helado. Uno de los extremos de la cuerda está sujeto a una plancha, ese objeto símbolo de esclavizantes labores domésticas. No es para nada casual que sea esa plancha la que arrastra al gatito, un inocente, a la profundidad desconocida del agua, como tampoco lo es que el intrépido Pluto no dude en lanzarse al rescate.

Pero esta supremacía del altruismo y la solidaridad se ve truncada cuando el pequeño pasa a ocupar un lugar en el hogar de Pluto, ya que Mickey Mouse lo acoge sin reservas. En una fórmula narrativa que ha sido utilizada en el cine incontables veces, hacen la aparición un ángel del infierno y otro del cielo.  El corto muestra la lucha entre la llamada del mal y del bien en la mente de ese perrito humanizado. El mal explota un temor a ser desplazado y desposeído de  cosas que, en verdad, simbolizan su lugar en los afectos de su “dueño”. 

El perro sabe muy bien que la ternura, inocencia y fragilidad del pequeño felino pueden realmente abrir un espacio en el caprichoso y voluble corazón del antropomórfico Mickey Mouse; es decir, poseedor de sentimientos definitivamente humanos, capaces de los más grandes actos de amor como de barbaridades semejantes a meter a un pequeñín inocente en un saco y lanzarlo al agua sujeto a una plancha metálica, el hecho irreversible, para que muera (tal vez para su más básico divertimento).

El ángel del mal le promete, si le sigue, mantener su lugar en el aquí y ahora. El ángel del bien sólo le nombra la salvación de su alma como recompensa por no dañar al gatito; le pide un acto de fe que, ciertamente, no borra la posibilidad de ser o sentirse desplazado en su hogar. Únicamente podemos tener la intuición de que, si se producen cambios en el amor de su “dueño”, todo ese dolor hará a nuestro perro aún más merecedor de la salvación y la vida eterna, por supuesto, tras la muerte.

Semejante balanza animada lleva indefectiblemente a que Pluto intente deshacerse del pequeño,  pero todo sale mal y termina con sus huesos fuera de casa y en medio de la nieve. Únicamente sus lágrimas dan cuenta del desgarro de su pobre y fiel corazón.  El humanizado Mickey Mouse, tan desequilibrado como todos los de su especie (él es todos nosotros), no logra comprenderle, no puede darle la seguridad necesaria, sólo sabe de castigo como respuesta a las dudas que atormentan a su “mejor amigo”.  Sin embargo, las cosas dan un giro inesperado, en donde Pluto vuelve a salvar al gatito. Esta vez, el peso de la evidencia hace que el perro recupere su lugar cálido dentro de casa.

Una de las preguntas necesarias es: ¿Dónde moran estos ángeles del bien y del mal que libran su guerra singular en Pluto? ¿Por qué es el agente del mal quien amenaza con vencer en un primer instante? ¿Por qué es éste quien primero aparece ante los momentos de confusión y duda?  ¿Es cierto que los “animales bondadosos” reciben su recompensa? 

Una de las posibles interpretaciones es que estamos viendo un modelo “animado” de una parte del aparato psíquico: el Superyó como ángel del bien, el Ello como el ángel del mal y en medio la imagen de Pluto como el Yo, asumiendo esa gigantesca tarea de coherencia narrativa entre terribles fuerzas en tensión.

Naturalmente, en el aspecto demoníaco del Ello y de monje celestial del Superyó estamos viendo el influjo de la cultura donde estaban inmersos los creadores.  Esto no desvirtúa la esencia de la búsqueda de placer de Pluto (por medio del “bien” o del “mal”). La guerra entre el Superyó y el Ello, esos personajes que ve la animalidad del dibujo, se está dando en un lugar misterioso: el inconsciente.

OCÉANO DEL INCONSCIENTE Y SOBERANÍA DEL SUJETO

Hablamos de una “construcción” complejísima, donde participan infinidad de dispositivos personales, sociales y culturales.  Varios teóricos han argumentado que la cuestión de la libertad y el libre albedrío humano (o de Pluto, en este caso) sólo traspasa las fronteras de la quimera filosófica en la medida en que seamos capaces de ejercer (básicamente, intentarlo) algún tipo de soberanía en los procesos inconscientes. 

Esto podría, tal vez, lograrse con un esfuerzo por comprender un “lenguaje” que codifica mensajes, que no dejan de ser enviados por el inconsciente, en donde podríamos encontrar casi el 80% de la causalidad advertida en la conducta. Ese “lenguaje” vendrá a contener las claves de muchos de los comportamientos, “cortocircuitos” lingüísticos y mundos oníricos que marcan nuestra vida cotidiana.

Lógicamente, Pluto no tenía ninguna posibilidad de explicarle con un discurso coherente a su “dueño” que estaba experimentando sensaciones extrañas, una especie de lucha interior. Una reflexión profunda, si pudiera hablar de sí mismo, podría haberle llevado a la reflexión: su temor a la pérdida de afecto le estaba produciendo extraños impulsos y una peligrosa aversión hacia el joven gatito. De haber descifrado esos mensajes todo se habría evitado y esta historia sería otra.

Explorar ese inconsciente puede mostrarnos, por ejemplo, cómo diversos aspectos absurdos de nuestro modo de vida, que aparecen en la mismísima frontera de lo inexplicable, están conectados con comportamientos violentos o atroces. Ya que el inconsciente también se construye en dirección social-mental.

El profesor Steven Pinker lleva varios años investigando en algunas áreas conexas, como el problema de la violencia.  Argumenta que, a lo largo de toda la Historia humana, puede observarse una tendencia a la reducción de la solución violenta como primer imperativo para resolver un conflicto, a la vez que crece un comportamiento social que favorece la solidaridad, la compasión y el altruismo. Lo anterior obtendría su objetivación como una demanda de leyes que “normalicen” las relaciones entre los individuos, que tendrían como fin último extirpar la violencia.

De hecho, las ciencias sociales ven en la misma aparición del Estado  y el Gobierno la principal victoria contra cierta tendencia de los individuos o grupos a matarse entre ellos, a violentar la Ley que nosotros y nosotras mismas nos hemos dado. Esto es perfectamente observable hoy: en todos los lugares donde el Estado y sus simbolizaciones se resquebrajan vemos la aparición inmediata de la “tierra sin Ley” como nueva institución.

Y lo más doloroso es que esa violencia y ruptura del tejido social es mucho más bárbara (aunque sea más o menos momentánea) que la que pudiera ejercer el régimen caído. La nuestra es una especie que llega fácilmente al comportamiento trastornado ante la ausencia de autoridad.

Aunque es cierto, por lo menos en Occidente, que puede verse un decrecimiento en los gráficos con curvas de asesinatos de un siglo a otro, muertos en guerras (en proporción al peso poblacional de cada época) o conductas sádicas hacia personas débiles o animales, no es posible dejar de estremecerse ante los individuos que parecen experimentar placer en el acto íntimo de provocar dolor en otros seres.  Lo anterior hace necesaria la pregunta sobre qué impulsos del inconsciente guardan esas oscuras mentes.

Podríamos, además, cuestionarnos sobre si la persistente existencia, civilizada y tecnológica, de esos sujetos es algún tipo de alarma sobre las consecuencias del ser individualista que busca ultimar el proyecto moderno, nada menos que revirtiéndolo. ¿Cómo? Con el desencadenamiento de comportamientos que sólo deberían ser posibles en ausencia completa de leyes y autoridad sujeta al control ciudadano. 

El individuo sádico que causa dolor y sufrimiento, por ejemplo, en animales, guarda cierto momento donde puede ser observado como alguien que no lucha por conquistar alguna dosis aceptable de soberanía sobre sus procesos inconscientes; dejándose llevar por la más brutal búsqueda de “placer”, sin los matices originados en el uso de la razón. 

Por el contrario, hoy se debate si el mayúsculo esfuerzo por ejercer alguna dosis de soberanía en los propios procesos psicológicos, está vinculado con el sujeto que conquistará elementos suficientes para exigir su parte de control sobre la autoridad urbana que, a su vez, debe protegerle.

En efecto, construir algún grado de conocimiento sobre los procesos subjetivos puede apuntalar la reflexión sobre la necesaria tutela hacia el poder que gobierna o ejerce el mando de la construcción social, ese que debe impedir la aniquilación de unos en manos de otros.

A su vez, ese control es la forma de evitar la caída de la propia autoridad. Recordemos que era una cara de placer perverso la que exhibía Pluto cuando el ángel del mal, el Ello, le convencía de eliminar al gatito. Y aunque, al final, aparentemente, vence el ángel del bien, el Superyó,  no podemos obviar el hecho de que sin la autoridad del lamentablemente irreflexivo Mickey, alguien habría resultado seriamente dañado. Por supuesto, recuérdese que el propio Superyó es, en sí mismo, una nación de mandatos de goce.

El maltratador, el torturador… el asesino es una negación social y filosófica de los valores de la Ilustración, ya lo sabemos. Pero lo más inquietante es que se trata de una negación gestada en el inconsciente como articulación de respuesta anterior a la conducta consciente, sin olvidar la cuestión mayúscula: ese inconsciente nunca está separado del efecto estructurador del contexto sociocultural. Nuestro inconsciente es un negativo parcial de la marcha de nuestro mundo objetivo. 

Pero lo aún más aterrador es que hablamos de sujetos que están “asimilados”, que están aquí. Compartiendo nuestras calles, autobuses y trabajos, con frecuencia terminan elegidos en las urnas. Y están en las aulas, porque la cuestión adquiere una complejidad enorme cuando los protagonistas de esos actos de violencia patológica son niños. 

La violencia y el sadismo literal son la síntesis del sujeto que testimonia el engaño de las corrientes ideológicas, hechos sociológicos y posturas políticas que prometen el completo Individualismo del sujeto (ultra, en la realización completa del deseo, por ejemplo, en el consumo), a cambio de que renuncie a su papel como constructor de Historia y sociedad.

Si Pluto fuera uno de ellos, no solamente el inocente habría sido asesinado, además, Mickey como garante simbólico del orden y la estabilidad habría terminado siendo atacado. En resumen, posiblemente exista una relación entre un inconsciente tomado por los impulsos violentos y esta gradual, pero rápida, degradación de las instituciones a la que estamos asistiendo.  La ausencia de democracia y ejercicio político real engendra, pues, comportamientos desviados.  

CLYDE GERONIMI, UN CINEASTA DOCUMENTADO EN LOS LABERINTOS DE LA PSIQUE SOCIAL

Otro corto animado dirigido por Clyde Geronimi es Education for Death: The Making of the Nazi, del año 1943, que cuenta la historia de Hans, un niño nacido y educado en la Alemania nazi. Un caballero con armadura en el papel de Hitler, una bruja malvada interpretando  a la democracia y una rubia medio alcohólica, profanada, como la antigua Germania.

La escuela enseña a Hans cómo la naturaleza nos muestra que el más fuerte puede y debe devorar al débil. Él muestra dudas, pero no hay nada que asuste más que la no pertenencia al grupo. Así que, por pura supervivencia, grita enfurecido que la circunstancia aparentemente débil es un delito atroz contra los más fuertes, un insulto castigado con la muerte.

Asistimos a la institucionalización del comportamiento trastornado en sujetos colectivos. La llegada a la juventud del niño es mostrada como una quema de libros, con Voltaire en el primer plano. La llamada a la cordura que enarbolara el ángel del bien, durante el dilema de Pluto en Salvamento gatuno, ha sido tomada por el ángel de la muerte simbólico en Hans.  Como si el Ello invasor se hubiera apoderado de los extensos territorios del Superyó, no para cumplir sus mandatos de goce, sino para sobre-escribirlo con una nueva normativa.

Hablar de un sujeto colectivo, también resultado de una suma socio-matemática, es referirse al sistema que estructura al individuo y su subjetividad. Un sujeto colectivo comparte muchos atributos psicológicos con las “unidades” que lo componen, al mismo tiempo que diferencias profundas. En ideas de Žižek, diremos que existe una tensión entre deseo de liberación y tendencias conservadoras que se manifiesta, por ejemplo, en la “armonización de las instancias psíquicas del inconsciente”. Es decir, el ensamblaje observado entre Yo, Ello y Superyó obedece a demandas sociales (psicologías del Yo).  

En lo anterior no vemos otra cosa que el poder de la ideología. Recordemos que existen modelos ideológicos, como en el fascismo, que sin apartarse del fetichismo de la mercancía (Marx), lograron una enorme "cuota" de irracionalidad durante la persecución de sus objetivos.

Desde los tiempos de la Escuela de Frankfurt y la Teoría Crítica Social se vino a formular una idea aclaratoria al respecto: que la victoria del fascismo demandó un proceso complejo donde el Ello y el Superyó fueron “reconciliados”, buscando lo que Marcuse entendió como una “desublimación represiva”; lo que vino a observarse en la instauración de una institucionalidad represiva donde las pulsiones fueron socializadas. Lo anterior pudo haberse traducido en la aparición de sujetos colectivos que asumieron un comportamiento trastornado.

Habría que preguntarse si algo parecido a alguna de estas lecturas de la violencia, protagonizadas por Pluto y Hans, es como lo que ocurre en las noticias sobre actos de una demencia tal que nos impiden mantener la fe moderna en la humanidad como algo más allá de la candorosa ilusión. La imagen que me viene siempre a la mente es la del burrito Capitán, que hace unos años fue brutalmente torturado y casi asesinado por unos niños.

Fue por el año 2014, en las redes sociales de varias organizaciones animalistas aparecía esta noticia: Burrito violado y apaleado en Almería por unos niños. La Huella Roja recibió el aviso de unas profesoras muy alarmadas, porque sus alumnos estaban quedando a la salida del colegio para ir a matar a un burrito, así que rápidamente se reunieron y pidieron ayuda al Seprona.  Al llegar encontraron a Capitán tirado en un descampado sin poder moverse, con la mirada perdida. Tenía un prolapso rectal debido a las patadas en el estómago y a la posible introducción de un objeto, estaba desnutrido y deshidratado. Se estaba muriendo. Gracias a la rápida intervención, Capitán está recuperándose y mucho mejor. Existió, incluso, una campaña (más de 180.000 firmas durante ese año) para llevar ante la justicia a los torturadores de Capitán.

¿Debemos pensar que esos niños estaban atrapados, fuera de su tiempo, en algún tipo de posición esquizoparanoide? ¿Qué les llevó a practicar tal sadismo contra un ser indefenso? ¿Alguna parte de su inconsciente veía en la situación inocente y débil una ofensa contra los más fuertes? ¿Estamos viendo en esos pequeños salvajes una claudicación de la educación y el principio de autoridad como conquista e institución?

Puede que hayamos pasado de educar a distraer en la simple complacencia tecnológica, sin preocuparnos por los límites o lo que es legítimamente deseable. Las últimas décadas se ha consolidado la idea de que el corrector del caos individual y colectivo, del comportamiento reprobable, no puede ser entendido como algo relacionado con un castigo (vivimos en sociedades donde la tortura es un delito penal).

En algún momento se decidió que padres e hijos eran sujetos iguales en una negociación (aunque muchos somos defensores de la misma), pero puede que los niños y niñas, en realidad, necesiten de un entrenamiento para hacer uso de las libertades básicas, que un día les permitirá lograr el equilibrio mediante la negociación. 

Hasta que ese feliz día llegue, cualquier niño o niña necesita de la autoridad sin fisuras. De lo contrario, nunca sabrá dónde están los límites. Es ese entrenamiento en el uso de las facultades ciudadanas, mediante el trabajo y la constancia que sólo una normativa (educadora) viabiliza, el que le mostrará la relación entre la autoridad controlada y las representaciones de un inconsciente sano. Y esto redundará en la relación de su propio poder (en su parte de la realidad) con el sufrimiento de los otros.

Si esa causalidad no es claramente mostrada y la impunidad reina (después de todo, Capitán no es más que un burro abandonado, pensarán muchos padres obtusos), creerá que ha nacido con alguna facultad manifiestamente superior que le permite buscar placer provocando el sufrimiento.

La complacencia de la autoridad débil, más la ausencia de palpables consecuencias de los actos, da como resultado la aparición de “pequeños monstruos” que pueden llegar a ver la celebración grosera de su propia incultura y salvajismo por parte de los adultos: sujetos donde el Ello y el Superyó fueron reconciliados. De forma similar, deberíamos preguntarnos si el inconsciente de esos niños no recibió la llamada, el imperativo humano que a Pluto le llevó a salvar dos veces la vida del más débil.

Muchos psiquiatras podrían decirnos, de manera genérica, que una buena educación (en relación sana con la autoridad y los deseos) es sencillamente incompatible con esta política de la complacencia perezosa… de la distracción sobrestimulada, que se ha convertido en el modo de actuación de muchos padres.

Es como si tuviéramos miedo a poner claras las normas a las generaciones nuevas. Temor a argumentar que no se puede golpear al otro por ningún motivo, mucho menos por placer. Que no está permitido despreciar cosas que para otros es la diferencia entre la vida y la muerte (como el conocimiento o los alimentos). Que los actos tienen unas consecuencias y que no es elegante ni conveniente eludirlas.

Es posible que incluso el comportamiento cruel y degradante sea reconocido como vulgar en muchos entornos. ¿Pero estamos tan seguros de que esa curva descrita por el profesor Pinker seguirá cayendo? ¿Es que los torturadores de Capitán no son representantes del ser individualista sin Historia, autoridad reconocida ni responsabilidades? ¿No es posible que la amenaza a las conquistas modernas pueda hacer cambiar la tendencia del gráfico?

A pesar de que, proporcionalmente,  la conducta violenta sea más baja que en los siglos anteriores, es igualmente cierto que su impacto puede ser mayor sobre la psique social. No sólo porque los actos de violencia hoy pueden ser demoledores, ya que existen a pesar de la Ley, además, porque difundidos por la Red pueden minar el ánimo de muchos. Sobre todo si las luchas civilistas de gente como los rescatadores del burrito Capitán no ven reflejado su trabajo en normativas legales más fuertes y coherentes (las propias de una sociedad embarcada en el combate por conocerse a sí misma); pero aún más si en esos crímenes, como en otros millones, termina reinando la impunidad.

Burrito Capitan

Nota: en esta pequeña historia la civilización logró ser salvada por los voluntarios y voluntarias animalistas que preservaron la vida de Capitán, debe ser eso a lo que llaman ser un héroe o ser una heroína.

Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED