PSICOLOGÍA POLÍTICA: EL MENSAJE COMO BATALLA ENTRE LA EMOCIÓN Y LA RAZÓN

Existe en Psicología Política y en Ciencias de la Comunicación un debate con profundas implicaciones para la calidad de la democracia. Se trata de las tesis expertas donde se estudia cómo se construye el mensaje político eficiente (aquel útil para lograr victorias electorales) y la forma como se ejerce el liderazgo y el poder sobre la propia arquitectura del relato. Que sea un hecho la fórmula según la cual las campañas políticas navegan mayoritariamente en lo emocional y minoritariamente en lo racional despierta serias dudas sobre las virtudes de nuestros sistemas políticos.

Vladimir Carrillo Rozo

En efecto, si las ideas codificadas en los mensajes políticos se mueven en claves emocionales, mediante ingenierías del lenguaje que agitan, por ejemplo, nuestros símbolos identitarios con el fin de navegar en nuestro campo semántico, podríamos arribar a cierta indefensión (gracias a una suerte de nebulosa que la agitación simbólica provoca precisamente sobre el pensamiento crítico).

Recordemos que una de las grandes atribuciones del pensamiento crítico es observar y analizar al objeto según la posición que ocupa en el sistema de relaciones socioculturales donde está inmerso. Es el cuestionamiento acerca de todas las simbolizaciones, coordenadas y anudamientos que definen al objeto lo que podría permitir una mirada crítica. Pues bien, la exaltación emocional dificulta grandemente ese asomarse, por ejemplo, a toda la extensión y derivaciones involucradas en el relato (que siempre tiene una lectura política).

Ahora bien, ¿cuáles son las ideas que marcan esta deriva de la psicología de la comunicación política? Aclarando, por supuesto, que se trata de teorizaciones aplicadas al mensaje político que parecen acercarse a imágenes y explicaciones mitológicas de la realidad. Entre otras, que el relato racional tiene problemas para detonar el voto, estando en desventaja frente al discurso emocional.

El poder tiene gran parte de su base en la capacidad para llamar y movilizar el andamiaje emocional de quien escucha, a través del lenguaje. Lo anterior se conecta con otra idea que, por donde se mire, guarda un gran peligro para la solidez del proyecto democrático: que aquel “votante emocionado” gracias a la agitación simbólica frente a sus ojos recibe y encuentra las razones para su conducta política en el propio relato que ha logrado moverlo.

Describimos al sujeto-votante que se explica a sí mismo desde un relato llegado hasta él y que ya contiene una imagen pre-interpretada de la realidad, donde su “soberanía interpretativa” se ve eclipsada a cuenta de una exhibición simbólica que desdibuja los grandes problemas de la edificación social.

Es conocido que una gran parte de las propuestas existentes en comunicación política involucran distintas dosis de manipulación emocional. Que esta vía sea tan peligrosa no llega a impedir que muchos mensajes políticos, por ejemplo, en la ultraderecha, desempolven una y otra vez los viejos fantasmas sobre la amenaza roja, extranjera, etc.

En sentido de lo anterior, podríamos diferenciar dos escenarios muy generales. En primer lugar, las estrategias de marketing político que toman emocionalidades fluyendo en distintos sectores socioculturales y fundan sobre ellas un relato donde podrían existir distintas llamadas a las tradiciones, la identidad, la defensa de valores frente a determinados cambios o factores externos modificadores de la cultura o la forma de vivir y apropiarse de la realidad, etc.

En segundo lugar, es posible encontrar estrategias en psicología de la comunicación política que, mediante las antes nombradas ingenierías del lenguaje, recrean y simbolizan corrientes emocionales donde se inicia una dialéctica del conflicto anteriormente inexistente o no representativa. Es el caso de las estrategias comunicativas que recurren a la desinformación, las noticias falsas, etc. (comentadas en una entrada anterior de este Blog).

Naturalmente, las emociones siempre tienen una “aplicación política”, además no llegan solas, De hecho, forman sistemas complejos que se manifiestan de múltiples formas. Cuando un mensaje político re-representa sentimientos como el rechazo, la rabia, el temor o hace llamadas al júbilo, la nostalgia y el dolor pone en marcha fenómenos de índole colectiva que pueden capitalizarse, pero también tornarse impredecibles.

Claro, existen expertos en comunicación política y Psicología Política sosteniendo que la manipulación emocional no es realmente posible. Es decir, que las emociones despertadas por un X relato político eran corrientes que ya existían en la construcción subjetiva de los individuos y la sociedad, solo que estaban reducidas, bajo una especie de latencia o tal vez reprimidas. Y que el mensaje únicamente desencadenó la reaparición de tales emocionalidades por medio de la exhibición simbólica. Sin embargo, puede que muchos sectores de la ciencia psicológica no estén de acuerdo con esto, y vean claramente una manipulación anímica en el relato que pretende la emergencia de sentimientos conectados con cambios en la percepción.

Así es. Uno de los grandes puntos ciegos de la democracia como fórmula de administración y representación está en la aparente extrema sensibilidad de los votantes a la exaltación emocional lograda por medio de la agitación simbólica (los colores, los paisajes, los sonidos, los sabores, etc.).

LA EMOCIÓN Y LA RAZÓN

LA EMOCIÓN Y LA RAZÓN

Ahora bien, como estudiamos en el programa en Psicología Política y Comunicación Digital de APEMI, que el votante sea movido por emociones más que por razones no implica en ningún caso que sus procesos cognoscitivos sufran una degradación. En otras palabras, lo que entendemos por “acción emocional” también codifica racionamientos. De ahí que no cualquier mensaje incendiario tenga garantizado su eco entre algún sector de los votantes.

Pensemos en lo siguiente: el pensamiento en nuestra especie se desarrolla como juicios, éstos intentan crear alguna clase de orden y jerarquía en la información disponible. Al pensar, lo que hacemos es estudiar los juicios previos, desencadenando unas conductas correlacionadas con la organización que anteriormente generamos.

En este sentido, cualquier mensaje político (incluso el emocional) tenderá a impactar de forma más eficiente cuando obedece a una arquitectura provista de premisas y conclusión (es decir, cuando es un razonamiento). Recordemos que los razonamientos son los que pueden generar argumentaciones, sobre todo si hablamos de política.

De lo anterior extraemos algo de vital importancia: el mensaje político eficiente cuenta una historia que, en realidad, no deja de estar encuadrada en un relato racional, donde se codifican y re-simbolizan elementos insertos en los sistemas de creencias de las colectividades humanas. En Psicología Política y en comunicación política la emoción y la razón tienen las mismas herramientas. Aunque la primera puede comprometer de forma grave la libertad y el “buen juicio” (aquel apegado a la realidad numérica y estadística de los hechos).


MATRÍCULA ABIERTA