Psicología Política en los tiempos del germen posfascista

Cobra nueva relevancia el esfuerzo científico de la Psicología Política por entender y desglosar un fenómeno que amenaza, casi tanto como los que se declaran enemigos de Occidente, al estilo de vida basado en derechos gradualmente conquistados.

La preocupante deriva pos-fascista de algunos relatos políticos en Europa y América corre paralela al crecimiento de una masa de ciudadanos donde el hartazgo con los desastres de la globalización y el consiguiente rechazo a las clases políticas tradicionales están provocando un terremoto de efectos impredecibles.

Estamos asistiendo al ascenso de discursos de extrema derecha, con efecto electoral incluido, que muchos creían ya parcialmente superados. Pero, para ser claros, se trata de “consolidación” en algunos casos; como en Colombia, donde la extrema derecha (desde las viejas familias, el crimen organizado y los paramilitares) nunca ha dejado de tener enormes cuotas de poder.

En otros casos se trata del paso a una mayor visibilización y desglose desde estructuras políticas ya implantadas, que es parte de lo probable en España, donde Vox posiblemente empezará a capitalizar votos que estaban en el PP (que, a su vez, ya ha vivido una migración de electores hacia Ciudadanos).

Es decir, la extrema derecha, con toda su carga de manipulación histórica, exaltación emocional y simbólica y retroceso psicosocial, siempre ha estado aquí. Las democracias liberales, que hace décadas empezaron a herirse a sí mismas neoliberalmente, nunca han dejado de tener esas corrientes subterráneas.

Ese ruido sordo que pedía un recorte ideológico y presupuestario de los derechos humanos es un germen que ni la Europa unida, ni la sociedad digital sin fronteras, ni las grandes declaraciones de derechos han podido conjurar.

EL RELATIVO ÉXITO PSICOLÓGICO DE LA EXTREMA DERECHA

Tenemos a Orbán, Trump, Salvini, Bolsonaro y otros. Más un peligroso movimiento de votos e intenciones que recorre viejas sociedades europeas, ya curtidas en el dolor de la intolerancia y la persecución, como Hungría, Francia, Italia o, todavía en menor medida, España. El fenómeno lleva tiempo presente en América, donde sus síntomas estuvieron claros en la ruidosa llegada del entonces candidato republicano a la Casa Blanca. Pero también en aquel terrible rechazo de la sociedad colombiana a la paz con las FARC.

Todos estos hechos tienen, por supuesto, sus distancias y elementos particulares, pero es difícil no relacionarlos. Como es conocido, ha ido discurriendo un debate académico sobre los rasgos compartidos con la caracterización político-ideológica propia del período de entreguerras; un paralelismo cauto entre la gran recesión que condujo a la desesperación de entonces y la globalización que mata, no tan lentamente como se esperaba, a las clases trabajadoras de hoy.

Pero contamos con aclaraciones oportunas, como la de Enzo Traverso, que aterrizan el debate en su debida proporción, sin que la cuestión pierda toda su gravedad: observamos una explosión posfascista distinta, oportunistas del caos y el desencanto ciudadano que participan del juego electoral y llevan sus recursos en comunicación política a otro nivel.

Podríamos afirmar que el líder de derecha extrema de hoy hace de todos los debates una trifulca personal. Aunque también es cierto que agita las banderas de siempre, aquellas que hereda de sus antepasados simbólicos.

El éxito de los extremistas de derecha, por ahora, está siendo notable. Han logrado replicar algo ya conocido en las Ciencias Políticas, en Psicología Política y P Social: movilizar votantes donde se ha inoculado en la subjetividad el germen de la solución política finalista, definitiva, rompedora… una felicidad de valores tradicionales (pero casi una vuelta al imaginario medieval europeo, lleno de pureza, orgullo cultural y valores familiares de unidad) como respuesta a esos comportamientos liberales y socialistas blanqueados por el sol de la Historia.

Así, la imaginación y el lenguaje del militante y simpatizante de extrema derecha realiza una aritmética simple: la respuesta que ofrece a las clases trabajadoras expoliadas y que se sienten traicionadas es un ataque a todas aquellas conductas políticas que se entienden como normales en un Estado de ascendencia liberal o que hubiera incorporado elementos del pensamiento socialista y marxiano a sus funciones, como el Estado del bienestar. 

Su comunicación política recrea nuevos fantasmas en la llamada “ideología de género”, manipula las estadísticas sobre el desempleo, las ayudas sociales y la criminalidad para estructurar consensos sobre un nuevo culpable en la inmigración y la izquierda.

Algunos, como Vox en España, dirán de vez en cuando que, de haber inmigración, debe privilegiarse la procedente de países con los que existen claros nexos culturales. Una postura también de oportunismo político, dirigida hacia posibles votantes nacionalizados o con derecho a voto que ya vienen de países donde la extrema derecha podría tener un nuevo protagonismo. 

En resumen, su retórica plantea el antídoto a la decadencia sociocultural y política en forma de ejercicios deformadores de la realidad, en ataques al ordenamiento jurídico o los derechos conquistados, pero también como misoginia y xenofobia, como nacionalismo y agitación de los símbolos.  

COMUNICACIÓN POLÍTICA CONTRA LA PROPIA POLÍTICA

A decir verdad, la actual extrema derecha también comparte otros rasgos con los fascismos del XX. Y es el uso, explicable con Walter Benjamin, de ciertos elementos de la cultura popular (estetización de la política) para amplificar su impacto sensorial y alterador-emocional en la sociedad.

El “espectáculo práctico” sin implicación o valoración ética del discurso propio de la extrema derecha contribuye, en efecto, a un ataque degradante contra la propia reflexión y acción política libre del individuo-ciudadano.

En otras palabras, la estrategia de comunicación de los extremismos de derecha está enfocada contra la propia política como ejercicio soberano del sujeto. Tal cosa es posible, entre otros, mediante la exaltación burda e irreflexiva de los símbolos y valores tradicionales, por ejemplo, el rechazo al distinto/a "peligroso" o la violencia en defensa de los criterios identitarios.

La “estetización de la política” se ve, por otra parte, extraordinariamente amplificada por lo digital. La tribuna actual del demagogo extremista de derecha son las redes sociales y otros dispositivos de Internet. Donde, como sabemos, la realidad se hace materia moldeable y donde sus golpes de efecto adquieren una impunidad mayor; medrando entre la sangre caliente que suele acompañar a la desorientación ideológica que cae presa del primer fanatismo que se le cruce por delante.

Aquí va un buen ejemplo: discurso soez, radicalizado y pobre en lenguaje de un grupo de chicas jóvenes españolas en las redes sociales:        
https://www.facebook.com/cuantogilipollas/videos/214620562820912/

Ahora bien, aclaremos que el ataque a la misma reflexión y conducta política soberana, por parte del extremista ideológico, ahora se convierte en cómplice de aquel capitalismo salvaje clásicamente opuesto al Estado.

¿Qué pretenden, por ejemplo, los ataques y desprecios de Trump contra las instituciones de su propio país, sino es la vieja aspiración capitalista de acabar con la política? Lo que implica el poder masivo, incluso cultural, de lo corporativo sobre el Estado como condensación de las relaciones sociales.

En los universos digitales, además, juega un sentido de la espectacularidad del mensaje entendido como bestialización. Si el líder es un bárbaro sensacionalista que disfraza su peligrosidad retórica de autenticidad popular o de lenguaje “sin complejos” se puede estar seguro de que no pasará indiferente para algún segmento de la población. 

Así son los tiempos del pos-fascismo de este siglo: un show digital que apuesta claramente por el escándalo mediático y apela al goce sin restricciones, como si el lenguaje y la razón vieran derribadas sus fronteras a cambio de volver a levantar las pensadas por los viejos totalitarismos.

Estos fenómenos parecen haber recobrado interés como área de estudio dentro de distintas instancias e instituciones de formación superior. Es el caso del Curso en Psicología Política y Comunicación: Construyendo el liderazgo de la próxima década de la Fundación UNED.

Un esfuerzo multidisciplinar que llega precisamente en un momento donde los relatos políticos demandan un estudio detenido y juicioso por parte de las ciencias sociales.