Sobre lo político y lo psicosocial: un análisis sobre la transformación crítica de la sociedad

Todos tenemos una realidad biológica, naturalmente. Pero, ¿acaso una gran extensión de aquello donde se desenvuelve mi cognición, el nexo y vínculo social (reconocimiento-legitimación) al interior de mis contextos socioculturales no es una especie de acción sobre un sistema o Carga Simbólica? ¿Somos alguna clase de cúmulo simbólico? ¿Acaso la propia dialéctica no es también la imagen de dos cargas simbólicas enfrentándose una por el deseo de la otra?

Vladimir Carrillo Rozo

¿Y qué podría estructurar esas cargas simbólicas, sino modelizaciones que actúan como filtro matizando mis lecturas de la realidad?

En una publicación anterior argumenta: "Los Filtros Emocionales son los subsistemas simbólicos que dan estructuración y coherencia arquitectónica a la Carga Simbólica del sujeto. En la naturaleza de la Carga Simbólica individual y colectiva nos enfrentamos a la necesidad de que se le otorgue legitimidad a ésta, como medida concreta de existencia y conquista de derechos que, a su vez, implican dosis de humanidad."

La Carga Simbólica (Psicoanálisis)

La CS encierra, mediante una serie muy amplia de representaciones inconscientes, adopciones e implantaciones culturales, los códigos que permiten mapear los principales aspectos que comprenden la identidad de un individuo. A través de los subsistemas que la componen (Filtro Emocional, un conjunto de códigos y modelos simbólicos) el sujeto crea un marco por medio del cual leer la realidad; creando una matización con unas particulares fluctuaciones de ánimo y cambios somáticos leves que lentamente ayudan a formar modelos finales de conducta. La vida del sujeto está marcada por las relaciones que esa Carga Simbólica establece con el entorno, ésta empieza a estructurarse desde la propia aparición del Yo. Su primer fin es psicodiagnóstico (establecer si el otro es una amenaza o si es posible la comunicación) y su principal función es la demanda de reconocimiento y legitimación de su propia imagen por parte de otras cargas simbólicas.

Podríamos considerar que la Carga S es algo que se empieza a modelar desde lo que el Dr. Lacan llamó el Estadio del Espejo y la aparición del Yo (estando sus comienzos humanos en la propia filogénesis de la especie). Su motor primordial es la, antes nombrada, dialéctica de la imagen y el deseo. Se transforma continuamente hasta el último día de existencia del sujeto. Toda su vida está marcada por las relaciones que esa CS establece con el entorno y con las demás como ella. Hay un tipo de nexo destacado por su importancia: la lucha porque se vea superficialmente revelada frente y en los otros individuos (el Yo es también una imagen reflejada en el otro).

El ejercicio comunicativo en cualquier colectividad humana depende de que cada sujeto observe la Carga Simbólica del otro/a (esto tiene unas importantes implicaciones psicopolíticas). Una entidad (humana en este caso) sólo se convierte en Sujeto de Derechos si los otros ven su Carga Simbólica y le confieren la legitimidad suficiente para, en primer lugar, iniciar una comunicación. Y, en segundo lugar, considerarlo un ente simbólico pensante y soberano equivalente (el fin psicodiagnóstico). El entrenamiento necesario para el uso de las libertades conlleva profundizar en ese reconocimiento de la Carga S del otro/a; que es el eje último de la coexistencia practicada dentro del aparato social (la necesidad de responder quién es el otro/a para, así, responder quién soy).

HEGEL Y MARX

El sustento explicativo (filosófico-histórico) de la Carga Simbólica del sujeto pensante está (entre otras fuentes) en la Fenomenología del espíritu de Hegel: Herrschaft und Knechtschaft, la dialéctica del amo y el esclavo. Y la posterior elaboración del filósofo Alexandre Kojève. Recordemos la lucha entre las dos conciencias (el amo y el esclavo) por obtener el reconocimiento y la legitimidad de una por parte de la otra. Y el importantísimo elemento de la insatisfacción posterior del dominante, consecuencia de ser reconocido y legitimado por un no-humano, estado derivado de su condición de esclavo. (Ver: Algo de Psicoanálisis para explicar la política).

Las comunicaciones en todo grupo humano, como se argumentaba, están sujetas a que sus miembros se observen entre sí y otorguen legitimidad a la imagen de la CS del otro/a, un proceso empujado por la propia dialéctica de la imagen. Los derechos reconocidos en un sujeto por parte de los demás dependen por completo de que éstos otorguen legitimidad a su CS: hay una relación directamente proporcional entre reconocimiento-legitimación de la imagen (CS) y posesión de derechos.

El ejercicio de su autonomía y soberanía personal está en los ojos del otro, su espejo. En los niveles de libertad de los que podrá hacer uso hay una equiparación inconsciente entre legitimidad de la CS y "grados de humanidad" reconocidos en el sujeto por parte de sus congéneres; esto presta parte del sustento al relato sobre la distancia entre grupos humanos (civilizado-incivilizado, desarrollado-subdesarrollado, superiores-inferiores) y entre humanos y las demás especies. Esta última diferenciación, humanidad-animalidad, se hace algo problemática cuando el otro es, por ejemplo, un gran simio, seres que forman sociedades donde se han observado rudimentos de una posible cultura, que pueden aprender un lenguaje y comunicarse con humanos. La comprobación, en diversos estudios, de que poseen conciencia de sí, nociones sobre el paso del tiempo y una estructura emocional ha conducido a varias iniciativas para que se les reconozcan derechos que sólo poseen los humanos, como la libertad y la prohibición de la tortura.

Esta complejísima cuestión del reconocimiento y legitimación a la imagen del otro, por supuesto, está presente en el pensamiento de Karl Marx, no solo porque bebiera de Hegel desde su juventud sino por todo el tratamiento dado en su obra a ese nuevo sujeto histórico hijo de una burguesía a la que el Manifiesto reconocía su papel revolucionario, que luego resurge de la explotación capitalista, se provee de unos símbolos distintos y reclama otro protagonismo en la dinámica social; en términos psicosociales tal cosa no sería posible si ese nuevo sujeto no reclamara un reconocimiento a su imagen y legitimación para la arquitectura de su propia Carga Simbólica.

La misma introducción del Manifiesto, escrito conjuntamente por Marx y Engels, empezaba así: Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo […] De este hecho se desprenden dos consecuencias: La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas. La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido. Con este fin se han congregado en Londres los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.

De esto, como de otros apartados del texto, extraemos la representación de un deseo estructurado alrededor del reconocimiento (como necesidad) y una exigencia de legitimidad (para esa imagen del comunismo entendido como sujeto colectivo maduro) que le aleje de esa consideración fantasmal, que de hecho es una negación dialéctica presente en los relatos de las fuerzas reaccionarias.

Este juego de la dialéctica de la imagen (del comunismo) no ha dejado de complejizarse en más de 100 años. Teniendo uno de sus capítulos especiales, por ejemplo, en la hipnótica y tremendamente exitosa imagen de la hoz y el martillo, adaptada probablemente por miles de organizaciones políticas de los cuatro puntos cardinales; en ella observamos algo psicosocialmente fascinante: una de las manifestaciones más importantes del pensamiento, en este caso de Lenin, la unión del proletariado industrial y el campesinado, está expresamente representada e interpretada en el relato objetivador del líder de la Revolución de Octubre (que desde su estatus racional pero casi mítico-institucional la irradia al movimiento comunista del mundo entero).

Una vez hecho esto, el artista ruso Yevgueni Kamzolkin (1885-1957) toma los elementos (un par de signos con aparente relación convencional) que podrían considerarse representadores de los dos universos (obreros y campesinos) y, a la manera griega (el símbolo como la unión de dos mitades de un objeto roto), edifica algo nuevo: un sistema simbólico donde los sujetos pueden ejercerse y experimentar identificación, donde reside el mismo discurso de todos y cada uno de los miembros de ese sujeto colectivo todavía recién fundado. Hablamos de una ingeniería simbólica donde pensamiento y realidad, idea y objeto en sí, se encuentran. La potencia del conjunto es de tal magnitud que los individuos pueden incluso incorporarlo a sus propias cargas simbólicas, sumándolo al marco a través del cual leen la realidad, pueden llegar a exhibirlo en sus espacios físicos vitales como criterio identitario (usando un término de amplio uso en las ciencias sociales). Es decir, al incorporarlo a sus CS, esos sujetos convierten a esa arquitectura simbólica en Filtro Emocional propio; un proceso sorprendentemente parecido ocurre con otros sistemas simbólicos (por ejemplo, en la Francmasonería).

Al referirse a la hoz y el martillo, el filósofo ruso Alekséi Losev (1893-1988), autor de La dialéctica del mito, diría: Es un signo que se mueve con las masas populares, no constituye simplemente un signo, sino un principio constructivo y técnico para las acciones humanas, así como sus aspiraciones volitivas. Cuando esas masas, el sujeto nuevo del ideal comunista pensado por Marx, incorporan ese símbolo a su Carga S éste pasa a ser parte del todo (una imagen compleja e integral) que reivindica un reconocimiento y legitimidad.»

El sistema simbólico de la hoz y el martillo ha tenido un enorme éxito psicosocial

El sistema simbólico de la hoz y el martillo ha tenido un enorme éxito psicosocial en todo el mundo, haciendo parte de la arquitectura presente en la Carga Simbólica de individuos y sujetos colectivos.

Reconocimiento y legitimidad de la Carga Simbólica, desde distintas llamadas a Marx, con ascendencia de Hegel y en conexión con el Psicoanálisis (Lacan), son tramas que estarán muy presentes en el Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED.

Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED