Psicología Política y Comunicación

Estamos ante un virus cuya peligrosidad mayor es el contagio. Por supuesto, existen quienes no dejan de esperar el apocalipsis y temen convertirse y ver convertir a sus vecinos en depredadores. Una parte importante de los científicos sociales piensan que estos son los escenarios, aquellos infinitamente explotados por el cine, donde la democracia liberal se verá próxima a su ocaso. Pero se trata de una trampa discursiva que solo consigue inmovilizar.

Una parte de nuestra psicológica condición es el miedo y la posibilidad más grande, la muerte. Pero, precisamente, es el miedo el gran peligro para cualquier sistema social (es a la extensión del propio miedo a lo que deberíamos temer).

Y la realidad es que no estamos ante panoramas distintos a los clásicamente utilizados por las maneras y formas capitalistas para profundizar su poder económico, cultural y psicológico sobre la sociedad. En efecto, el relato capitalista volverá a salir consolidado de la crisis del coronavirus; lo hará en parte impulsado por la inoculación del miedo en la población a otras formas de organizar nuestras vidas o producir riqueza.

Ante situaciones como las vividas con esta crisis sanitaria vuelve a aflorar una de nuestras caracterizaciones: el miedo es algo muy presente en las relaciones sociales, cuya fuerza estriba en su capacidad para cambiar con rapidez la impresión de realidad que un individuo tiene, impulsándole a cambios en la conducta. 

Uno de los problemas de este “germen” siempre latente en la subjetividad es que sus efectos de “revelado” pueden ponernos en contacto con impulsos que habitualmente desearíamos conservar reprimidos. Existen ciertos momentos en que la demanda social sobre el miedo es su ocultamiento. Su aparición, por supuesto, puede ir dosificándose aún en medio de su negación.

Es decir, hay cierta dialéctica del miedo que tiene su anudamiento en esa negación que entre más grande más puede dominarnos. Sí, el miedo puede ser negado y negarse, incluso, estando a cinco minutos de tomar el control temporal de la conducta. Por otra parte, hablamos de una situación psicológica que se contagia y propaga por las estructuras sociales a través del discurso.

Sin embargo, en términos psicológico-políticos debemos hacer, al menos, dos aclaraciones: puede parecer que todas las caracterizaciones que acompañan al miedo emanan del proceso psicológico individual. Pero en verdad podríamos estar viendo comportamientos que obedecen a una demanda del sistema.

Es decir, lo que fenológicamente percibimos como modo de vida propio del capitalismo, recordemos, gira sobre la cultura del individualismo, la competencia, la ley del más fuerte, etc. Tales rasgos tienen su peso en la forma como nos relacionamos entre nosotros, porque implican ciertas dosis de miedo/hostilidad hacia el otro (dado que mi relación con él es de competencia). Si a esto sumamos los niveles hasta donde hemos interiorizado que esta manera de vivir no solo es la mejor posible, sino que es inevitable (una especie de condición naturalmente dada), arribaremos a esa deformada percepción según la cual es más fácil asistir al fin de la humanidad civilizada que al fin del capitalismo.

Sobre lo anterior, recordemos el poder que puede llegar a exhibir el discurso político que tiene como fin la inducción del miedo, en parte gracias a uno de sus rasgos principales: el señalamiento del distinto. Claramente, no debe olvidarse que vivimos en un mundo donde son demasiadas las cosas que nos aterran de forma prácticamente cotidiana, con frecuencia demandamos la imagen y simbolización de un “culpable”.

Luego están las coyunturas especiales, como las emergencias sanitarias, donde aparecen cuadros ansiosos, angustias, etc. En esos momentos es crucial que las organizaciones sociales trabajen juntas para evitar que el pánico y el miedo se apoderen de la población.

Ninguna organización de la sociedad civil corre el riesgo de caer en contradicciones político-ideológicas si recomienda hacer caso total a nuestra primera línea de defensa: los profesionales del sistema de salud.  Así como mantener la calma, buscar la estabilidad anímica incluso en medio de restricciones, no atender a las noticias sensacionalistas ni a discursos sobre el apocalipsis. Y tal vez una de las cuestiones más importantes: huir de ese goce malsano que nos lleva a recrearnos en la cascada de malas noticias llegadas desde los medios.        

Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED – MATRÍCULA ABIERTA