La pandemia y el fin del neoliberalismo

Entre las cientos de opiniones y análisis que la pandemia ha generado hubo una frase de Iñaki Gabilondo que terminaba así: “esta distopía que estamos viviendo...”, para referirse a la terrible cascada de acontecimientos que ninguno de nosotros había visto en ninguna parte, salvo en el cine, las series de TV y la literatura. Sin embargo, hay quienes sugieren que la auténtica distopía era este régimen neoliberal, la doctrina de la austeridad (tan “distopicamente” defendida por el Gobierno alemán y otros), la reducción de lo público, etc. En suma, todas esas formas de entender la construcción socioeconómica que nos han hecho ver de cerca el abismo durante estos días oscuros, por ejemplo, en la dramática debilidad de los sistemas públicos de salud y las coberturas sociales.

Vladimir Carrillo Rozo

"Deberíamos revisar la lista de nuestros héroes y deberíamos colocar el heroísmo en otro sitio. Junto a los médicos y servidores públicos tan importantes que hay, colocar en otro sitio a los que siempre hemos visto los últimos de la fila y que, de pronto, resulta que son esenciales para el mantenimiento de la sociedad" (Iñaki Cabilondo).

Sin que la pesadilla haya terminado aún, hoy podemos decir que, al menos, el debate sobre la protección a la sanidad pública ha quedado abierto, y parte de un nivel de conciencia ciudadana muy importante: el salido de haber sufrido miles de muertos, personas en primera línea de batalla rotas por dentro y funerales en la más desgarradora soledad.  

Pero en el mundo de las organizaciones políticas y movimientos sociales se tejen lecturas que quieren ver más lejos, observando este duro trance de nuestra Historia como la ventana de oportunidad para empezar a escribir el principio del fin del capitalismo, por lo menos de ese despiadado que hemos conocido en todo el último cambio de siglo. Algunos de estos posicionamientos parten, precisamente, de una suerte de género algo literario en la narrativa moderna: “el día de después” o el golpe popular definitivo en los momentos de mayor debilidad del régimen, otros apelan al Humanismo clásico y otros a una especie de pragmatismo civilizatorio (la argumentación sobre una necesaria y lógica etapa histórica pos-capitalista).

¿Cómo será el mundo que surgirá de este golpe a la humanidad? ¿Veremos el fin del imperio estadounidense y el ocaso cultural de Occidente, para ser reemplazado por la hace tiempo anunciada potencia china? Es decir, algunos defienden que este no será el fin del capitalismo, pero sí el desastre de la tecno-teología neoliberal, pero sin que se vean revertidos rasgos ya propios de nuestro modelo cultural, como la digitalización acelerada de los procesos productivos y las relaciones sociales.

Puede que no lleguemos a ver la analogía con las espadas de Kill Bill cortando la cabeza al modelo de la acumulación privada y cíclica de capital, como dijera Slavoj Žižek. No asistiremos al escenario cinematográfico en donde la naturaleza se defiende de una especie tecnológica que pasó a convertirse en un cáncer para el planeta, por ejemplo, mediante la llegada de un virus que produce “descomposición rápida del tejido social” como reversión de una presión suicida sobre la biosfera.

No, eso no pasará. El capitalismo ha sobrevivido a otras sangrientas pandemias, saliendo fortalecido de ellas. Por otra parte, recordemos los textos clásicos del pensamiento marxiano, el capital sabe bien cómo realimentarse de los tiempos de incertidumbre. Ni la gran crisis del 29 ni la que vimos a principios del siglo XXI han logrado derribarlo. Basta recordar, precisamente, la gran crisis financiera de la pasada década para corroborar que el capitalismo logró desarticular, una vez más, los cuestionamientos de calado electoral y político-ideológico a su enorme carga de irracionalidad estructural y contra-ilustrada emanados del viejo “teorema” de la lucha de clases.

Sí, Žižek (una luminaria de la crítica de nuestro tiempo) confía en que las fisuras al modo de producción súper-hegemónico reinventarán al comunismo en una versión de alianza entre lo científico y lo humano (suponemos que digital, eco, humanista, diverso y de profunda amplitud estética). Una idea del comunismo, imaginamos muchos, para el proyecto de un sujeto de la crítica pos-alienación, donde las formas de apropiación de la realidad han sido deconstruidas y reconstruidas.

Sin embargo, esto plantea una complicada ecuación de naturaleza pretérita, también tomada de los viejos pensadores marxistas: las clases en el poder deben arribar a un momento de inflexión donde no puedan continuar como hasta ahora y las clases medias y trabajadoras deben tener la intención clara de cambiarlo todo.

UNA CUESTIÓN PSICOPOLÍTICA: DEL TERROR Y EL AMOR A LA SEGURIDAD

Y lo anterior no es sencillo desde ninguna perspectiva. Simplemente observemos algunos indicadores sobre los fenómenos psicopolíticos que esta pandemia ha puesto en movimiento. Puede que tengamos aproximadamente claro que el capitalismo neoliberal ha entrado en un grave impase (en toda su magnitud virtual, intangible, financiera, abrasadora, sin rostro y capaz de domesticar y contener a todos los símbolos en su equiparación casi pornográfica entre la democracia y la economía de mercado). Puede que la recuperación de la pandemia obligue a cierta marcha atrás en la religión asesina de la privatización de servicios públicos, que los Estados entren en una época de intervención económica (con peso industrial, incluso) y se vuelvan a estudiar las políticas de seguridad nacional frente a los fallos de la globalización. O que se reinterprete hasta cierto punto la política de bloques y los procesos de integración.

Sin duda, esas y otras muchas cosas pueden pasar. Pero a la vez están ya ocurriendo otras enormemente peligrosas que pueden, una vez más, detener las posibilidades de cambio. Y que tienen que ver con la situación anímica, con el tipo de subjetividad presente en la conducta política de amplias masas de la población, en varias sociedades del mundo, durante esta crisis global.

Nombremos la antigua conexión entre miedo e incertidumbre y ese viaje vivido por el sujeto desde el deseo y la pulsión; cuando unas circunstancias excepcionales azuzan cierta clase de ansia por la solución autoritaria ante la posibilidad del desorden social y cultural. Ya varios autores y cronistas vinieron a alertar sobre alguna clase de deseo inconsciente en ciudadanos que quieren ver una intervención contundente de las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad del Estado como medida de control social ante el avance de la pandemia.

De cierta forma simbólica esto se relaciona con algunos elementos presentes en el relato de las autoridades. En el caso español llama la atención cómo la rueda de prensa diaria del Comité de Gestión Técnica del Coronavirus vio una pasada intervención del general Miguel Ángel Villarroya, jefe del Estado Mayor de la Defensa, donde resaltó aquellos valores que marcan la diferencia entre los hombres y mujeres de armas: la disciplina, el espíritu de sacrificio y la moral de victoria. En aquella intervención se llegó a entrever una especie de equiparación entre ciudadanía civil y soldados en un escenario parecido a una guerra.

En efecto, la frase principal, aquella que codifica una simbolización mayor, la moral de victoria, ha sido ya repetida algunas veces en las mismísimas comparecencias del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. A estas muestras sumemos otras menciones un poco emocionales del general Villarroya al carácter de sus soldados y su papel como defensores del “pueblo español”. Quizás debió hacer la afirmación ciñéndose estrictamente al Artículo 8.1 de la Constitución Española. 

Y con esto no pretendo, ni por un momento, dudar del trabajo desempeñado por las fuerzas armadas en la lucha contra la pandemia, sobre todo de los hombres y mujeres de la Unidad Militar de Emergencias, que en tantas ocasiones han probado su valor.

Algunos autores y periodistas regresan para alertar: la equiparación de la emergencia sanitaria con un escenario de guerra puede impactar en el inconsciente colectivo, favoreciendo la predisposición a la solución de fuerza ante cualquier muestra de desobediencia. Conocemos bien el efecto de estas cuestiones. Estamos viendo cómo los gobiernos de India, Ecuador y otros están recurriendo a la represión bruta para contener a la población. Ante la realidad innegable de la urgencia sanitaria y sus amenazas a la continuidad de la vida como la conocemos, esas muestras de represión policial y militar en algunos lugares no tendrán una respuesta de rechazo lo suficientemente contundente. Sencillamente, en dimensiones psicológicas, la espiral de pánico hacia la pandemia podría ser mayor que el temor al atropello de los derechos.

LA UNIÓN EUROPEA… ESTA INSOPORTABLE SENSACIÓN DE LEVEDAD

A la mayor crisis del neoliberalismo hasta la fecha debe añadirse algo particularmente importante para los ciudadanos europeos. En efecto, los peligros para el espacio de libertades, paz y prosperidad social dentro de la Unión Europea son mayúsculos. Justo cuando todos y todas esperamos una respuesta común fuerte, contundente y solidaria vuelve a irrumpir el relato nacional, el nosotros, en gobiernos como el alemán. Debe decirse que muestras de solidaridad entre europeos se han dado muchas, como los traslados de enfermos a través de fronteras comunitarias. Pero no ha sido esa la política oficial de los Estados miembros, la UE no enfrenta esta emergencia como bloque.

Unión Europea

Efectivamente, Europa se enfrenta al enorme dilema de construir y defender una forma común y propia de hacer las cosas frente a la respuesta autoritaria-industrial, con su dosis de hermetismo y eficiencia masiva, de modelos como el de China. Y no nos equivoquemos, la modelización simbólica algo antagónica, reivindicadora de una dialéctica histórica, enfrente de China no son los Estados Unidos ni Rusia, sino la Unión Europea, con toda la capacidad de respuesta y exigencia ciudadana a las instituciones y gobiernos que la conforman, que es mucha. Es esa capacidad de responder, defender y construir la que se verá recortada ante relatos nacionales que se presentan como superadores, ordenadores y más seguros que la respuesta comunitaria. Recordemos que ni crisis financieras ni pandemias entienden de fronteras.

Y tampoco nos confundamos: no pensemos que nuestra realidad está asentada y reconocida (de lo contrario no tendríamos una extrema derecha antieuropea tan fuerte en los parlamentos nacionales, ni estaríamos franqueados por tres gigantes enemigos de las libertades y la diversidad como son los gobiernos ruso, chino y estadounidense). Y es que, seamos claros, en tiempos de miedo no resulta tan sencilla la defensa de la gestión europea de la emergencia sanitaria en contraste con la gestión autoritaria y sospechosamente eficiente del gigante asiático; no lo es, sencillamente, por el peso psicopolítico de la crisis.

El desarrollo de los contenidos psicológicos en momentos de conmoción social es extraordinariamente inestable y volátil. Ante las emergencias y la incertidumbre generada por un gran desastre podemos asistir a una horrible degradación del vínculo y el nexo social, a una desublimación represiva, la suspensión de la Ley (en proporciones psicoanalíticas) y al imperio temporal de la pulsión. Quienes son capaces de articular un discurso en semejantes condiciones son, como sabemos, las extremas derechas, ocurre en América y en Europa. Todo individuo inserto en los tiempos de la transformación digital sospecha o sabe a la vez que teme esto.

Esa certeza tiene un efecto extraño: ese individuo podría llegar a desear una autoridad que, incluso por la fuerza, restrinja los derechos y libertades civiles a cambio de mantener la seguridad de su calle. Quien piense que está por encima de estos peligros propios de la psique humana conserva una inocencia definitivamente envidiable.

Así, pues, el debate tiene aquí uno de sus anclajes más fuertes: ¿Podemos o pudimos haber dado una respuesta tan “dura” como la china a la emergencia sanitaria sin poner en duda las bases clásicas fundacionales del proyecto europeo? ¿Saldrá bien librada la UE del choque entre la línea alemana y la del sur de Europa durante esta crisis?

Por ahora, sabemos que en tiempos de emergencia (también de emergencia económica) las libertades no son valores en alza, ni en términos más pragmáticos ni en límites psicopolíticos. Y la Europa unida ya ha soportado durísimos golpes a su credibilidad y máximos ideales: los descalabros financieros, ese mercado de la carne en que se convirtió el drama de los refugiados, las políticas de austeridad que han empobrecido a las clases trabajadoras y el Brexit.  

Dentro de esa lógica, la narrativa del Gobierno español intenta ser cuidadosa. En el sentido de no alimentar demasiado el debate dañino con la derecha y, en general, la oposición. En hablar de no sentar malos precedentes, sometiéndose al control del Parlamento a cada ampliación del estado de alarma. También en afirmarse en los máximos escrúpulos a la hora de recortar derechos como parte del combate al virus, en modificar la comunicación y relación con los medios, etc.     

LA CAÍDA

En años venideros se hablará mucho sobre las repercusiones de esta pandemia. Tal vez se analizará cómo las políticas de austeridad presupuestaria, implementadas con fuerza desde el 2008, vinieron a costar miles de vidas. Cómo el daño al Estado del bienestar se tradujo en mayores víctimas, etc. Puede que se publiquen investigaciones sobre la implicación clínica del neoliberalismo, sobre cómo éste produjo afecciones psicológicas en las masas ciudadanas del mundo, arrastradas por mandatos de consumo y mensajes de terror que desestructuraron su capacidad de transformar críticamente sus respectivas parcelas de la realidad.

La pandemia del 2020

Si finalmente esa época de cambios llega, las posibilidades pueden ser muy distintas según el lugar del mundo donde nos encontremos. El incontestable poder de las élites chinas va a imposibilitar que sus propios ciudadanos generen cambios. Rusia no parece apartarse de un camino cada vez más totalitario. Y la amenaza de una “larga noche”, de una profunda decadencia cultural, se cierne sobre los EE.UU. y Europa.

Ante este escenario, las esperanzas pueden regresar al sur del mundo, a América Latina, por ejemplo. Sin embargo, algunas de las diversas y ricas sociedades latinoamericanas ya han emprendido procesos de cambio en épocas recientes, por múltiples razones sin los resultados que la izquierda del mundo entero esperaba. Aunque es meridianamente claro que América Latina no ha dicho aún su última palabra en lo que se refiere a grandes transformaciones socioeconomicas y de índole psicosocial.

Pero, en contradicción con muchos análisis inclinados a la crítica occidental más pesimista, tampoco Europa ha dicho su última palabra. Sí, aquí tenemos tenebrosas expresiones de extrema derecha en los parlamentos nacionales, pero también tenemos “sistemas de creencias” relativamente nuevos que pueden detonar el comportamiento electoral en otras direcciones. Uno de esos “sistemas de creencias” (concepto de amplio uso en Psicología Política) es que el mercado no puede marchar por libre, que existe un umbral de servicios públicos que deben ser inmunes al interés privado y que una menor dependencia a la capacidad productiva de China, revirtiendo algunos de los efectos de la globalización, podría permitir defenderse mejor de grandes catástrofes, donde medran las más delincuenciales corrientes especuladoras. Los fondos y grupos corporativos que especulan con propiedades, petróleo y armas también pueden hacerlo con respiradores, guantes y mascarillas.

Así que de nosotros y nosotras depende. Cuando todo esto pase y lleguen las próximas elecciones, las siguientes y las siguientes, ¿cuál será el embrujo que nos arrastrará? ¿Marcharemos silenciosos hacia el próximo desastre o ayudaremos a dar la estocada final al más esquizofrénico de los modelos productivos desde el ascenso de los fascismos?

Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED